Tremedal: El pueblo donde no hay verano

Una ola de calor golpea desde hoy a toda España menos a este pueblo de Ávila donde la temperatura no supera los 12º. El polar y el pañuelo en el cuello son necesarios para «sobrevivir»

Verano en el Pueblo de Tremedal (Ávila) uno de los pueblos donde se registran las temperaturas mas bajas de España en verano. Foto: Alberto R. Roldán
Verano en el Pueblo de Tremedal (Ávila) uno de los pueblos donde se registran las temperaturas mas bajas de España en verano. Foto: Alberto R. Roldán

En Tremedal no se han enterado de que una ola de calor azota España, aquí la temperatura es de 12 grados al sol y sus vecinos van ataviados con prendas invernales. Bienvenidos al paraíso de los amantes del frío.

Se equivoca de pleno quien piense que al llegar al Tremedal (Ávila) se cruzará con viejas enlutadas de camino al rosario. La primera persona que sale a nuestro encuentro es Helena Mateos, una joven profesora llegada de la Universidad de Chicago junto a su marido Fred, también docente, además de artista. Enamorada de estas montañas, donde nacieron y crecieron sus abuelos paternos, ella trajo a Fred para conocer el lugar y aquí se instalaron. En medio de una naturaleza gélida y casi solitaria, pero idílica. Nuestro reto era encontrar un pueblo sin verano. Es decir, una localidad donde sea imprescindible el jersey, el edredón y una buena caldereta para aligerar los rigores de una climatología tan atípica. Una escena que contrasta con la ola de calor que comienza hoy en España en las que las temperaturas serán superiores a 45º durante el día y 25º por la noche. En Tremedal apenas superan los 12 grados al sol. Para algunos, un auténtico oasis. Para otros un infernal invierno en pleno verano.

Hace rato que dejamos atrás las murallas de Ávila y subimos un puerto de montañas de primera categoría, a 1.637 metros en su punto álgido. Zigzagueando llegamos a un paraje luminoso rodeado de montañas que hacen el aire más fresco. En el horizonte nos deslumbra el blanco de las nieves que, al menos este año, se adivinan perpetuas. De Madrid a este pueblo serrano la temperatura se ha desplomado. Eso y el verde exuberante de los campos, además del olor a leña que humea, indican que estamos ya muy cerca de nuestro destino. Las notas de color y estas sensaciones olfativas son inequívocas. Tremedal, indica por fin un letrero. Está enclavado en un altozano mirando al mediodía. Según el Diccionario de la RAE, el tremedal es un terreno pantanoso que tiembla cuando se anda sobre él y, erróneamente, uno espera encontrarse con un pueblo desolado y mísero. Embarrado. Pero aquí no hay ni una brizna de barrizal. Al contrario, las calles están pulcras, la ropa tendida con primor. El campo desprende un aroma que embriaga y el efluvio de café se escapa entre las cortinas de las casas.

Alejándonos del verano, casi nos acercamos a la gloria, en plena Sierra de Gredos, cerca del vértice que forma con Cáceres y Salamanca, en una de las laderas del macizo El Calvitero. También el cielo se ve inmaculado. Hay un silencio divino que rompen los cencerros lejanos de alguna cabra, los ladridos de perros que pastorean y algún silbido. Recorremos el pueblo por unas estrechas callejuelas sombrías, inequívocamente castellanas. El sitio es exótico, si como tal entendemos lo insólito y lo singular. Es temprano, pero esa curiosidad que nos caracteriza a los humanos ha echado a los vecinos a la calle al sospechar que en la plaza acaba de aparcar un coche con dos personas. Cualquier novedad en su rutina les altera. Más aún si se trata de dos periodistas que quieren retratar el pueblo y el deleite de ver amanecer a tan baja temperatura mientras el sol calcina la mayor parte de la Península. La suspicacia es inevitable. «Estamos cansados de que se nos presente como la imagen de esa España rural atrasada y vieja», espeta un hombre joven a punto de empezar su faena. Razón no le falta. «En Tremedal la pirámide poblacional de las zonas rurales, habitualmente más ancha en la parte superior (mayores de 65), se invierte. Es un pueblo sin ningún jubilado», explica Helena. «Un lugar mágico», añade Fred sonriente y chapurreando español. Natural de una ciudad marcada por las grandes nevadas y el crudo invierno, es difícil que se deje amedrentar por este frío serrano. Eso no evita que vista jersey y pantalón largo. Helena nos cuenta que su suegra vino a visitarles en la fiesta de Reyes y la nieve les dejó aislados durante varios días en casa. «Nos cubría casi hasta las caderas. Afortunadamente, en casa hay avituallamiento de sobra para estos contratiempos. Cuando el tiempo nos permitió salir, ya tenía que regresar a Chicago y la única estampa que se llevó del país fue la de un pequeño pueblo incomunicado».

Algunas mañanas de agosto ya se advierten las primeras heladas y Tremedal despierta cubierto con un manto de escarcha. El cielo, a menudo encapotado, luce en esta ocasión su versión más deslumbrante con un azul purísimo que se extiende hasta donde puede alcanzar la vista. «Aprovechamos para orear la ropa porque los días malos las heladas resquebrajarían las prendas si las dejásemos al aire libre», explica una vecina que acaba de sacar la colada. Días como el de hoy terminan por dar la razón a Antonia, una mujer vestida con tirantes que se resiste a hablar del frío mientras aclara una prenda en las gélidas aguas de una fuente. «¿Dónde hace más frío, Antonia, aquí o en Barco de Ávila?», le pregunta un vecino. «En Barco, no lo dudes. El río que lo atraviesa hace que el termómetro baje varios grados», responde. Cada uno vierte su opinión con retranca abulense, pero la falta de acuerdo mantiene el debate permanentemente abierto.

Acá y allá, las gentes van saliendo y charlan. Son pocos, pero hacen un buen compendio de la idiosincrasia castellana. «Gente discreta, muy digna y trabajadora», matiza Helena al tiempo que nos muestra una de sus casas rurales. «En cá la abuela María» (cá es como abrevian por aquí la palabra casa). «Cuando la restauré quise conservar la autenticidad de un hogar del pueblo, pero con todos los detalles y servicios que se necesitan para disfrutar de una estancia de lujo. Sobre todo, calefacción y chimenea». Helena nos presenta a un par de hermanos jóvenes que, igual que ellos, se han permitido el capricho de vivir en el lugar que querían y dedicarse a los que les gusta: el cuidado de las cabras. Todos ellos son savia que ha insuflado vida a un pueblo cuando estaba a punto de ser deshabitado. ¿Y los niños? ¿Cómo se divierten en verano? Los vecinos señalan un riachuelo que baja con furia de la sierra, allí donde nace la Garganta del Endrinal, afluente del Tormes. «El agua que discurre a ambos lados del pueblo permitió, en otros tiempos, el alimento del ganado y que el campo diese lo mejor que tenía para alimentar a la población. Pero eso ya quedó atrás. La sierra hoy no da absolutamente nada», se lamenta Antonia.

El paraje de las pozas es paradisíaco. Los críos se lanzan por los peñascos a modo de tobogán hasta caer a una de ellas. Sin duda, sumergirse en sus aguas es un acto de suma valentía. Al tocar con un pie el agua, necesitas aspirar tanto aire que, por un momento, llegas a temer que se te ha cortado la respiración. Dicen que lo mejor es sumergirse completamente sin esperar demasiado. Pero al hacerlo, la sensación es que la sangre enloquece y viaja por el cuerpo como quiere. Lo que está claro es que, con la energía que aporta uno de estos chapuzones, el resto del año que llegue lo que tenga que llegar. Para mejorar aún más el cuadro, hay que esperar a que llegue la fresca de la noche. Hombres y mujeres salen a charlar resguardados por el calor que desprenden los muros abigarrados de piedra. Reminiscencia de un pasado donde la vida transcurría al aire. Ahora sí, se hace aún más evidente que la distancia entre Tremedal y el cielo no es más de un palmo.

De verano en el «polo»

Para estas tres paseantes, uno de los mayores encantos del verano en esta zona abulense son sus paseos mañaneros por el arcén de la carretera. Charlan animadas y visten atuendos veraniegos cubiertas por varias chaquetas de las que se irán desprendiendo según avance el día. Disfrutan de esta temperatura y aseguran que no envidian a los que estos días se «achicharran» en la playa.

«No hay terrazas en verano»

Chicago por Tremedal. Universidad por Casa Rural. Aglomeración por quietud. «Hemos recorrido más de 10.000 kilómetros para hacer este genial cambio. Es el lugar que hemos escogido para echar raíces. En invierno algunos días la nieve cubre la puerta de casa; pero en verano no hay terrazas donde tomarse un gin tonic», aseguran Helena y Fred.

Al calor de la chimenea

Con Fernando y su hermano, el relevo generacional ha llegado también al pastoreo en este pueblo. Mientras sus cabras pastan en el campo, el joven recoge hatillos de leña que en pocas semanas usará para calentar el hogar. «Entre julio y agosto toca empezar a preparar la madera. Los fríos de este año han hecho que se agote incluso cuando aún se necesitaba», asegura.