La Suecia caníbal del siglo XVIII

Salamandra publica la primera novela de Niklas Natt och Dag, quien fusiona el «thriller» con la narrativa histórica en «1793», convertida en un «best-seller» europeo. El sueco habló con este diario de la obra que aparece la semana que viene en España

Aparentemente, Niklas Natt och Dag (Estocolmo, 1979) no parece destinado a dedicarse a la literatura sino a otros menesteres. Pero este descendiente de una de las familias nobles más viejas de Suecia decidió hace poco dar el salto a la narrativa de ficción convirtiéndose en un verdadero fenómeno editorial en su país. «1793», que la próxima semana llega a España de la mano de Salamandra, es una novela que bebe del Umberto Eco de «El nombre de la rosa» y del Patrick Süskind de «El perfume» para llevarnos a las más oscuras y violentas calles del Estocolmo de finales del siglo XVIII. Es allí donde tiene lugar el descubrimiento de un cadáver a manos de Mickel Cardell, un veterano de guerra que ayudará a resolver el crimen a Cecil Winge, un abogado enfermo de tuberculosis. Todo ello se desarrolla a la par que la vida política y social en Suecia, donde se funden el oropel de los palacios con la pobreza del pueblo.

–¿Qué le impulsó a dedicarse tan tarde a la narrativa?

–Empecé siendo un gran lector. Fui un niño solitario, bastante tímido, que encontró en la literatura un gran compañero. Me parecía fascinante que alguien que ha estado muerto durante decenios te pueda transmitir algo tan fuerte gracias a la lectura. Así que lo más bonito que se puede ser es escritor, aunque no sabía cómo llegar a eso. Entonces decidí ser periodista porque me parecía una buena manera de contar historias, profesión que tuve durante 15 años. Pasado ese tiempo pensé que era el momento de ponerse a escribir. Igualmente coincidió que mi mujer estaba embarazada de nuestro primer hijo. Ella dormía mucho y yo aprovechaba los fines de semana para escribir hasta las cinco de la madrugada.

–¿Las herramientas periodísticas pueden ser de utilidad para el escritor de ficción?

–Aprendí que era tan importante la documentación previa como saberla utilizar para presentarla de una manera entretenida. Creí que tenía esa fórmula, pero cuando me puse a escribir el primer borrador –que para mí era equilibrado en cuanto a la trama y la rigurosidad– fue rechazado varias veces. Me decían que había demasiados datos y poco argumento. El haber sido periodista fue un problema a nivel de lo largo que debían ser los textos. Para mí la medida perfecta de un artículo eran 5.000 palabras y eso quise aplicarlo a la novela. Es decir, pensaba en 5.000 palabras para cada capítulo. Ni una más, ni una menos. Luego me di cuenta de que esa idea era absurda porque es el propio capítulo el que te marca.

–En «1793» usted se fija en esos nombres que quedan olvidados por la Historia, en este caso, en los ciudadanos pobres del Estocolmo de finales del siglo XVIII.

–De pequeño escuchaba mucho hablar de un trovador sueco que aparece en la novela. Se llamaba Carl Michael Bellman y cantaba sobre el pueblo llano, las clases más bajas, los borrachos... Siempre me fascinó la poesía de Bellman y me pareció muy natural escribir sobre todo esto a raíz de la admiración que sentía por él.

–También tenemos en su novela a Gustavo III, que no sale precisamente bien parado.

–Sí, es verdad que no soy muy benévolo con él, pero sí creo que soy muy objetivo. Se sabe que de joven era un ser idealista y con grandes objetivos para el pueblo. Sin embargo, cuando llegó al poder abusó de él, censuró y fue un paranoico. Acabó siendo asesinado por la espalda por gente que pensaba que no acabaría con él. Para el país no fue un buen monarca, pero en este libro no soy benévolo con nadie.

–Leyendo su trabajo es inevitable pensar en Umberto Eco y Patrick Süskind.

–«El nombre de la rosa» es uno de mis grandes referentes. Lo leí de jovencito como un relato de aventuras, muy emocionante. Pero, ya de adulto, vi que funcionaba muy bien en otro plano, en el intelectual. Lo interesante de Eco es que encuentra muy bien el equilibrio para estos dos planos, el intelectual y el de suspense. Por su parte, «El perfume» no recuerdo si lo leí durante la redacción de mi libro o después. Me gusta mucho, aunque el peso del realismo mágico es muy grande. También me gusta señalar «La sombra de la guillotina», de Hilary Mantel, una novela sobre la Revolución Francesa. Puedo también citar a Patrick O’Brian y su serie sobre las guerras napoleónicas. O’Brian es un autor al que no le da miedo volcar en un libro todo el rigor histórico aunque sepa que en ocasiones el lector no podrá seguirlo.

–Estocolmo no se trata de un simple decorado en su obra sino que casi se constituye en un personaje por sí mismo. Incluso después de leer «1793» se puede ver la capital sueca con otros ojos. ¿Era esa su intención?

–Quería compartir con el lector ese Estocolmo del que me he documentado. Creo que he retratado una ciudad que no es muy agradable y que se contrapone con la que conocemos hoy en día. Sin embargo, cenando con un amigo que es policía y acaba de escribir un libro sobre la ciudad actual, me habló del cementerio de St. Johannes, que de noche es un antro, uno de los lugares más peligrosos de Estocolmo, mientras que de día es un lugar de reunión de familias que acuden a celebrar picnics. Así que todo depende de cómo miras y dónde miras. Hay similitudes entre ese viejo Estocolmo y el actual. La nuestra es una ciudad de gran belleza, pero el problema es siempre el ser humano, que puede ser un caníbal dispuesto a todo, incluso a pisotear al de al lado. Lo ultralocal acaba siendo universal, como decía creo que Dalí.

–La novela es explícita en detalles escabrosos, sangrientos e, incluso, escatológicos. ¿Por qué optó por ello?

–El querer ser explícito es porque soy así. Lo más consecuente es relatar las escenas de violencia con detalle, pero no quería ser gratuito. Lo que quiero es tocar la fibra del lector. En los tiempos violentos hay que ser violentos.

–«1793» es el inicio de una trilogía.

–Cuando tenía el libro listo y empecé a moverlo, pensé que sería imposible que fuera publicado. Como debutante, estaba mentalizado de lo difícil que podía ser ganarse la vida escribiendo en Suecia. Tampoco pensé que esta fuera una historia que pudiera interesar en el extranjero, más allá de mi país, por aquello que le comentaba antes de ser una historia local. Ya me resultó fantástico que una editorial se interesara, pero me gustó más que me pidieran un segundo libro después de lo bien que había ido «1793». Me interesa poder hacer esto porque quiero cerrar cosas, contar más sobre estos personajes. Escribir esos tres libros tiene sentido, pero no quiero hacer una serie. No deseo ser como esas series de televisión que en la séptima temporada ya no interesan.

Soñar con Harry Potter
Pese a los miles de ejemplares vendidos con su fusión del «thriller» y la novela histórica», Natt och Dag reconoce que quiere cambiar. «Me gustaría dedicarme a la ciencia-ficción y hacer algo más cercano a la fantasía tratando de cuestionar lo que es el género. Pero siempre está esa presión comercial. Sueño con ser un nuevo Harry Potter».