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Ave, Pelli

San Miguel de Tucumán contiene un edificio todavía más emblemático que la Casa Histórica de la Independencia, donde los delegados de las Provincias Unidas del Río de la Plata dieron el grito que los emancipaba de España, por entonces (1816) un país que había dejado pasar de largo a la Ilustración para entregarse a Fernando VII, el rey felón. A pocas cuadras de allí, en la antigua Plaza Mayor, se yergue una maravillosa catedral neoclásica de un tamaño a todas luces excesivo en vista de la escasa importancia de la diócesis a la que sirve de sede: la menos extensa de Argentina. Quizás fue contemplándola cómo en César Pelli surgió el gusto por la desmesura que destiló en sus diseños de rascacielos. Porque mucha inspiración ha de soplar en alguien nacido en un poblacho colgado de los Andes –y algo mucho más importante: formado en su modestísima universidad– para que, casi centenario, lo haya despedido el mundo de la arquitectura como a una de las grandes luminarias del siglo. Las torres Petronas de Kuala Lumpur, dos moles colosales unidas por una fina pasarela en la que el paseante se tiene por funámbulo sobre el alambre, fueron las edificaciones más altas del mundo hasta que chinos y árabes empezaron a medir su poderío económico en metros. El majestuoso casino Aria, en Las Vegas, empequeñece a los legendarios Bellagio y Caesar’s Palace, pero Pelli es más conocido en España por cómo ha transformado para siempre el skyline de Bilbao y Sevilla con dos de sus últimos proyectos, sendas torres que por su esbeltez diríase que son plumas. Los respectivos trogloditas locales, que en todos lados menudean, quisieron tumbarlas con los mismos argumentos que los caballistas se opusieron en su día al automóvil. Hay quien no reconoce la genialidad ni aunque se la pongan en la misma puerta de casa.

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