De Valencia, Córdoba, Bruselas y Rabat

La Razón
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El nombramiento, para muchos sorprendente, de Luis Planas como Ministro de Agricultura supone una magnífica noticia para el campo andaluz y no tanto por su conocimiento del medio rural como consejero que fue del ramo, sino porque se trata de un fontanero baqueteado en mil negociaciones a cara de perro en Bruselas, donde aprendió a la sombra del añorado Manuel Marín. Allí vivió y allí tendrá ahora su segunda casa, casi la primera, cuando está a punto de discutirse cómo se repartirán los dineros salvíficos de la Santa PAC y los benditos Feader. Al contrario que los de Bilbao, los de Córdoba nacen donde pueden, y él vino al mundo en Valencia, aunque ya esté tan asimilado a la ciudad califal como el salmorejo, y tal vez por eso congenió tan bien con la monarquía alauita, que lo condecoró durante su periodo como embajador en Rabat. Deberá explotar esta relación privilegiada con Marruecos para enfriar dosieres calientes como el de la pesca, tan ligado a los tráficos de drogas e inmigrantes. Hace un lustro, Luis Planas abandonó el segundo plano y ese lugar legendario llamado «zona de confort» para postularse contra Susana Díaz en el simulacro de primarias que la condujeron al trono del socialismo andaluz y, por ende, a la silla gestatoria de San Telmo. Peleaba con un tirachinas contra un batallón de tanques pero quiso ponerle cara a un sector crítico más disconforme con el vasallaje exigido por la dirección entrante que dispuesto a ganarle una elección amañada de antemano. Fue laminado en el estadio previo de los avales y sólo Gómez de Celis o el alcalde de Jun derramaron alguna lagrimita por él. Será un gran ministro: sabe de lo suyo, sabe idiomas y, cualidad rara en esta política gritona, sabe comportarse. Hay alguna gente así en el PSOE-A, de verdad, pero no los dejan brillar.