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«Días sin ti»: el poema de la pérdida para la juventud de dos generaciones

Elvira Sastre abandona la «seguridad» de la poesía con una novela anclada entre el presente y la Guerra Civil

  • La joven poeta segoviana se ha alzado con el Premio Biblioteca Breve con su primera novela / Foto: Manuel Olmedo
    La joven poeta segoviana se ha alzado con el Premio Biblioteca Breve con su primera novela / Foto: Manuel Olmedo
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

16 de marzo de 2019. 19:26h

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Marta Maldonado.  Sevilla. 17/3/2019

Escarbando en su segundo poemario, «Baluarte», Elvira Sastre encontró el asidero de cada capítulo de su primera novela, «Días sin ti». El octavo arranca: «Día ocho sin ti: Me he ido a dar un paseo a la playa, ha llovido como si le hubieran roto el corazón al cielo y he comprendido que uno es de donde llora, pero siempre querrá ir a donde ríe». Lanzándose a la prosa, dibuja la pérdida vivida en la juventud de dos generaciones diferentes, doce estadíos por los que transitan durante meses el joven escultor Gael y Dora, su abuela y maestra depurada.

El joven escultor descubre a sus treinta años por primera vez el amor que atraviesa. Los paralelismos con el romance de los abuelos acaban pronto, del «para siempre» al jamás en unas pocas páginas, mientras la vida avanza entre el barro que modela con sus manos. «El dolor es algo propio, como el amor. Yo sí creo que puede ser para siempre, pero también que puedes tener muchos a lo largo de la vida. Cada persona tiene su hueco en nosotros. Puedes estar con una persona y acordarte de otra a la que has querido y no pasa nada, porque es lo lógico. Hay un deje de posesividad con el que tenemos cerca y es un error. Al final somos seres individuales que queremos a la gente y te vuelves uno, pero sigues siendo tú», resume la poeta cuando se le pregunta por el amor único y eterno que pregona su personaje femenino.

El nieto comprueba cómo la trascendencia de un amor roto se va diluyendo con una fuerza destructora incontrolable, la ilusión inicial replica en abandono de sí mismo y de los suyos hasta reencontrarse. De la euforia al hundimiento, del amor eterno al recuerdo de lo efímero, influido en su presente por la abuela del recuerdo, ahora con las facultades perdidas.

Todo está en las cartas que le dirige Dora, una mujer que se enamoró de un alumno adolescente, el abuelo Gael, un joven cubano emigrado a España y obligado a salir de la escuela donde ella imparte clases. «Quería hacer ver que cuando hay amor por las dos partes y es un amor que no daña a nadie, hay que respetarlo y cuidarlo», dice la autora sobre la incomprensión de una historia que la protagonista rechaza por las presiones sociales, antes de sucumbir definitivamente.

Un pequeño pueblo de Almería, Alhama, acoge a la pareja hasta que la guerra, la de ideas y símbolos que todavía se libra en España, acaba con sueños y vidas. Una clase a niños, un pensamiento no verbalizado o un libro de poemas de Machado, cualquier excusa sirve para aumentar los desaparecidos. «No es algo que yo haya vivido en mi familia, es una historia cercana en cuanto a que es del país. Sí tengo la sensación de que la guerra fue ayer y que hoy estamos todavía un poco con la resaca de todo y no nos hemos enfrentado a ello como hay que enfrentarse», opina sobre el cierre de la contienda del 36. «Es algo que no puede entrar en ningún programa político: fue una guerra y fueron asesinados. No puede haber gente que todavía no sepa dónde están sus familiares o historias como la que ha ocurrido esta semana, que han identificado a dos personas y no encuentran a su familia. Piensas, joder, es que no tienen descanso...».

Su mundo íntimo, reconoce, trasluce en la relación intensa que mantiene con sus abuelos. «Para mí son pilares en mi vida y en mi familia. Me da la sensación de que llega un momento en que la magia con los abuelos que se tiene de niño se rompe y se convierte en algo obligado. Pero cuando eres joven es cuando más puedes aprender de ellos, pueden darte muchas herramientas para enfrentarte a la vida».

Otro guiño se adivina en su muñeca, donde lleva impresa una rama, similar a la de olivo que lleva tatuada en el cuello el amor huidizo de su protagonista. En la ficción simboliza un anclaje importante con la madre perdida. Sastre no da más explicaciones sobre el suyo.

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