El SAT «ocupa» una finca regalada al general Queipo de Llano

La protesta para reclamar que las tierras vuelvan a ser públicas concentró a medio centenar de activistas ante una fuerte presencia policial

El dirigente sindical Diego Cañamero habla durante el acto, en presencia de la Policía / Foto. Ke-Imagen

La protesta para reclamar que las tierras vuelvan a ser públicas concentró a medio centenar de activistas ante una fuerte presencia policial

El 11 de agosto se cumplen 82 años del fusilamiento de Blas Infante, estatutariamente consagrado como «padre de la patria andaluza», diseñador de la bandera verdiblanca y compositor de la letra del himno. Notario burgués afincado en Coria del Río, las tropas sublevadas a las órdenes del general Gonzalo Queipo de Llano lo detuvieron nada más conquistar Sevilla y lo balearon en un paredón de la carretera de Carmona, al lado de lo que hoy es el aeropuerto de San Pablo. La víspera de esta efeméride era la fecha idónea para que el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), hoy diluido en la marea andaluza de Podemos e históricamente vinculada al agrarismo de Marinaleda, organizase una de sus vistosas performances estivales.

El cortijo de Gambogaz, en el término municipal de Camas aunque a tiro de anteojo de la Giralda, fue regalado en 1937 por el Ayuntamiento de Sevilla al mencionado militar y aún pertenece a la familia Queipo de Llano. El SAT, y una miríada de asociaciones anexas cuya militancia, en brillante sarcasmo de Alfonso Guerra, «cabe entera en un taxi», convocaron a las once en punto a la masa obrera para ocupar la finca, seiscientas hectáreas de tierra feraz, un casoplón con una torre mudéjar y una bella escalera perimetral, declaradas ambas Bien de Interés Cultural. El calor, aunque las temperaturas extremas han remitido, disuadió a muchos activistas hasta reducirlos a poco más de medio centenar.

Lo menos que puede decirse de la vanguardia anticapitalista del siglo XXI es que es abigarrada: el primer contingente apareció, cuando una veintena de policías ya esperaban acontecimientos, en una lustrosa furgoneta de una conocida multinacional alemana y a partir de ahí, hubo un goteo de utilitarios japoneses, un todoterreno de alta gama e incluso dos ciclistas uniformados como para correr el Tour. Diego Cañamero, diputado en Cortes por Jaén, insistía en el carácter «simbólico» de la acción antes de mandar a un propio a negociar con el mando del contingente policial: algún ocupante en buena forma física se encaramaría al murete del cortijo y los líderes perorarían un rato a sus pies.

Dos urbanitas ataviados con el atuendo del perfecto anarco-pijo treparon no sin dificultad; tanta, que se temió que los anillados morros de uno de ellos alcanzasen el martirologio, ya que cayó de boca allende el muro. Por suerte, la altura por el otro era menor y se levantó raudo cual pantera con el pecho henchido, como hace el torero envalentonado tras sufrir un revolcón. Fue el único incidente reseñable de la matinée revolucionaria, además del aguijonazo de una abeja a un policía municipal de Camas desplazado hasta Gambogaz, sin mayor consecuencia que el vuelo de sus gafas al intentar zafarse del insolente himenóptero.

Resultó harto meritorio, empero, que los líderes de la acción discursearan durante casi una hora a pleno sol, que calentaba lo suyo aunque lo peor del verano haya pasado. Hablaron Cañamero, un Óscar Reina –líder del SAT– difícilmente reconocible tan acusado como es su adelgazamiento, un representante de las plataformas de pensionistas, una señora argentina que pasaba por allí, el inevitable tío del megáfono... hablaron laaaaaaargo unos cuantos como sólo los comunistas saben alargarse y aguantó la concurrencia con la disciplina propia de los concienciados de clase. Todos, excepto Andrés Bódalo, el concejal jiennense encarcelado por apalear a un edil del PSOE, quien prefirió quedarse a la sombrita con su sempiterna boina modelo «cheguevara», no fuera a ser que alguien metiese la pata y le pudiesen revocar el régimen abierto del que disfruta.

Resumir lo que dijeron los oradores es una tarea hercúlea que el firmante no está en condiciones de hacer y deberá imaginarse el lector el batiburrillo de consignas de rigor: la tierra para el que la trabaja, la falta de democracia de este régimen con el pecado original franquista, la explotación ancestral del campesinado, la república andaluza y de camino las repúblicas catalana, vasca o cuantas surjan siempre que «sean rojas, feministas y opuestas a la Unión Europea». En fin, la casquería progre de siempre más el toque de las supersticiones zurdas en boga: el feminismo rabioso, papeles para todos los inmigrantes del globo, cantemos todos puño en alto el himno andaluz (bis) y vámonos que nos vamos.