Español amputado

En toda la América hispanohablante y Canarias, la lengua española se ha expandido bajo los usos fonéticos del sur peninsular y de Andalucía, la región más poblada del país que fue la exportadora, en nombre de la Corona de Castilla, de un idioma arrollador que hoy constituye nuestro mejor patrimonio. Valga el recordatorio para que el lector tome consciencia de cuán arrinconados viven quienes menosprecian, desde la aspereza cacofónica de su habla, la suave melodía de nuestros acentos. Es sólo pues un acto de justicia elemental que Sevilla acoja esta semana el XVI Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, evento cuatrienal que reúne a veintitrés instituciones nacionales y que clausurará Felipe VI, rey polígloto que peroró el lunes por la noche en catalán imitado por su heredera, la Princesa de Gerona, quien entregó unos premios así intitulados. Un encomiable homenaje a la comunidad bilingüe. Deberían aprovechar los académicos y sus invitados, algunos tan conspicuos defensores de la unidad nacional como Mario Vargas Llosa, para aleccionar al monarca sobre la traducibilidad de los topónimos, ya que en Barcelona cometió, e hizo cometer a Leonor, un pecado de leso idioma al denominar cierta ciudad como «Yirona» o «Chirona», que tampoco quedó del todo claro, mientras discurseaba en español. Don Benito Pérez Galdós se removería en su tumba escandalizado ante semejante amputación mientras el ex alcalde gerundense Puigdemont celebraba en Waterloo su pequeña pero significativa victoria. Una paletada de clase media ahíta de estupidez satisfecha, es decir, del cuñado restregando lo «cool» que fue su «weekend» en «London». Impropia del, rendido el Tribunal Supremo en sus unánimes enjuagues, último bastión institucional contra el separatismo. ¡Viva el español bien hablado!