Fútbol: deporte de equipo

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Aunque la crónica futbolera no es el objeto de estas tonterías estivales, permitirán unas consideraciones sobre el Mundial que terminó trasanteayer coronando a Francia y Croacia, más en homenaje a los recobrados valores del deporte que como representantes de paradigma estilístico alguno. Eso del «cómo», en la alta competición, es un debate acaso apto para asambleas escolares: santificada la España de 2010 como el arquetipo del juego ofensivo, el dato tozudo recuerda que es el campeón de la historia que menos goles marcó, ocho en siete partidos, un promedio raquítico que convierte en un despiporre aquellos cerrojazos de la Real Sociedad de Ormaechea. La posverdad llegó al balompié antes que a la vida real. ¿Cuál fue el mérito del equipo de Del Bosque? Ganar, igual que ganó el de Bearzot en 1982 mediante la legítima (y bellísima, en cierto modo) táctica de coser a patadas a Maradona o asfixiar a los virtuosos Sócrates y Zico. Los entrenadores Didier Deschamps y Zlatko Dalic, incluso más el subcampeón por contar con una materia prima más escasa, son los grandes triunfadores de Rusia 2018 gracias a su empeño en primar al grupo por encima de los individuos. El francés mandó a hacer gárgaras hace tres años al delictuoso Benzema, quizá el mejor ariete del orbe, por participar en las barrabasadas de su entorno, y prescindió en mayo de Rabiot, un muchacho preñado de clase, sí, pero a quien una familia intervencionista hasta el hartazgo convierte en ingobernable. El croata, en plena competición, pasaportó de vuelta a casa al talentoso e indisciplinado Nikola Kalinic: prefirió seguir su camino con veintidós guerreros en vez de con veintitrés artistas. Y las selecciones que conceden todos los caprichos a sus divos (la Argentina de Messi, el Brasil de Neymar...) han fracasado con estrépito.