Política

Las cuatro vidas de Alcances

Una de las novedades de Alcances es el retraso del festival a finales de septiembre para contar con el público universitario. A la izquierda, Fernando Quiñones, quien hace medio siglo impulsó una semana cultural con diversas disciplinas artísticas que llegaban con dificultad a Cádiz
Una de las novedades de Alcances es el retraso del festival a finales de septiembre para contar con el público universitario. A la izquierda, Fernando Quiñones, quien hace medio siglo impulsó una semana cultural con diversas disciplinas artísticas que llegaban con dificultad a Cádiz

Por definirlo con una sola palabra, Alcances fue, ante la ausencia de iniciativas similares y durante mucho tiempo, un oasis para cinéfilos de Andalucía occidental, que acudían a disfrutar de títulos inolvidables en intensos maratones cinematográficos. En el Teatro Falla podías maravillarte con un clásico como «El testamento del Doctor Mabuse», de Fritz Lang; encontrar en el reparto de una desconocida producción alemana, «Zugzwang», a una joven María Barranco o ver «Donde sueñan las verdes hormigas», una de las películas de Werner Herzog más desconcertantes, que en su caso ya es decir. Eran ésos los tiempos en los que José Manuel Marchante estaba al frente de Alcances y su nombre completo era Muestra Cinematográfica del Atlántico.

Unos años antes, hace ahora medio siglo, fue Fernando Quiñones quien tuvo el gran acierto de impulsar una semana cultural con diversas disciplinas artísticas, como el cine, escultura y folklore, que llegaban con dificultad a Cádiz. Sin embargo, esa primera edición fue prohibida minutos antes de comenzar; se adujo una cuestión procedimental pero siempre existirá la sospecha que una producción sobre Vietnam de la Cuba de Fidel Castro, cuya proyección estaba prevista, pudo ser el verdadero motivo. No obstante, esta frustrada edición siempre ha sido considerada como la fundacional y sirvió de acicate para que su fundador retomara la idea, con aún más brío, para el año siguiente. Tras la edición de 1978, un aliviado Quiñones cedió el testigo a José Manuel Marchante, colaborador desde los inicios, con la intención de dedicarse en cuerpo y alma a la escritura después de diez años de entrega a Alcances. En este periodo el festival se trasladó a septiembre, el cine pasó a ser el único protagonista y, a pesar de las limitaciones presupuestarias, se hizo todo lo posible por darle un carácter de festival internacional. Un nuevo cambio, en este caso generacional, se produjo en el 25 aniversario, en 1993. El cine español comenzó a adquirir un creciente protagonismo, primero con una sección a concurso solo de cine nacional y poco después limitada a los cortometrajes españoles. Al frente de Alcances se situó un equipo de jóvenes cinéfilos y entusiastas gaditanos vinculados con el cine-club Universitario y con el propio certamen: José María Sánchez Villacorta, Enrique del Álamo y Rafael Baliña. En 2006 llegó un nuevo equipo, encabezado por Vega López y la especialización en cine documental, que aún continúa con la dirección de Javier Miranda, su programador durante muchos años y, por tanto, buen conocedor de Alcances y del documental por su faceta de reconocido crítico de cine gaditano. Pese a los limitados presupuestos, durante muchos años se llegaron a editar publicaciones, como «En el curso del tiempo», en el que Elena Quirós muestra una documentada radiografía de los 30 primeros años de existencia de Alcances. La edición de libros que a ojos de hoy se aventura como un lujo inalcanzable, por desgracia, fue durante muchos años parte indisoluble de todo festival que se preciara de ser mínimamente solvente.

Una de las novedades de esta edición es el retraso a finales de septiembre en aras de contar con un público universitario. Hoy comienza, a modo de anticipo, el concurso de cortos documentales DocuExprés, y el viernes que viene el festival en sí, en el que, como es habitual, hay una destacada presencia de cineastas andaluces y más específicamente gaditanos. Entre éstos últimos figura José Manuel Serrano Cueto, nominado al Goya por «Contra el tiempo», largometraje sobre olvidados actores de reparto; ahora, siete años después de concebir el proyecto, estrena «Caballas», con evidente implicación emocional porque el absoluto protagonista de este documental es su padre, Rafael Serrano Manzorro, «el Chori», que, a sus más de 80 años, sigue acudiendo al mar a pescar caballas. No conviene perderse los títulos que componen el necesario y apasionante proyecto «La Primavera Rosa», de Mario de la Torre, sobre los ataques que sufren los integrantes de la comunidad Lgtbi por todo el mundo o, más concretamente en Túnez, Rusia, Brasil y México, donde ha rodado hasta el momento. Dos veces nominado al Goya, el onubense Mario de la Torre es poseedor de un perfil profesional poco frecuente: a su acreditada valía como director y guionista se une su brillante capacidad de docente e investigador universitario.

Asimismo merecerá la pena, y mucho, lo que Manuel Jiménez, miembro del Jurado, pueda aportar en el taller sobre documental transmedia a partir de su experiencia en el no menos interesante proyecto «Las sin sombrero», sobre las marginadas y olvidadas mujeres de la Generación del 27. Este cineasta malagueño cuenta con una filmografía en la que no rehuye la experimentación del lenguaje: la muy cuidada estética de «La Aldea maldita», su peculiar mirada al Rocío; la ausencia del protagonista, el futbolista Mágico González, en «Proyecto Mágico», rodado solo con planos detalles de una tasca y los recuerdos de numerosos gaditanos sobre este inolvidable jugador; el plano secuencia sin corte alguno (ni siquiera cuando el protagonista sale de campo para saludar a una persona) en «El pésimo actor mexicano», homenaje al escritor y periodista Manuel Alcántara. Cuando estos retos narrativos y formales se superan holgadamente es señal de talento, como es el caso.

Tal vez el dinero no haya sobrado nunca en Alcances, más bien al contrario, pero a la vista está que siempre ha sido una ineludible cita con el buen cine y que así debería de ser, al menos, otros 50 años y superar las siete vidas de un gato.