Los números de las ciudadelas

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Que hablar de números es aburrido habría que preguntarle a quien esté calculando el reparto de los dineros de la financiación autonómica en este momento porque, téngase por seguro, alguien ha de haber en España en este instante, en algún rincón del país, haciendo sumas, restas y elevaciones a la enésima potencia. La Junta de Andalucía, día sí y día también, insta a Cristóbal Montoro a que presente ya un modelo de financiación. El Gobierno, día sí y día también, contesta que, previo paso a la presentación del modelo, deben negociarse las propuestas. Ping. Pong. Ping. Así pasan los años los unos y los otros, desde que caducó el reparto vigente, en 2014, haciendo de perros y gatos. El acuerdo definitivo, por mucho que los alaridos de San Telmo puedan oírse en el desierto de Tabernas, no va a tardar poco en componerse. Y no lo hará en virtud del espíritu «ciudadelar» del actual Estado de las Autonomías. El concepto de ciudadela, acuñado por el constituyente gaditano, José Pedro Pérez-Llorca, puede trasladarse aquí a las demandas de los fortines autonómicos a la Hacienda común, mirándose exclusivamente su almena. Desde Andalucía se defiende la inclusión de un parámetro, añadido al poblacional, el de superficie o el de dispersión: la tasa de desempleo. Un logro para las cuentas andaluzas sería siempre que la Región de Murcia, por ejemplo, no propusiera a su vez la variable de los granos de arena o desde Asturias, por qué no, los litros de dióxido de carbono emitidos en la ventosidad del vacuno lechero. Y viva la Pepa. A estas alturas, los técnicos deben de estar recurriendo ya a expertos en matemática transfinita para adecuar recursos finitos, los ingresos, a peticiones infinitas, los gastos. Aquí todos son números, pero ninguno quiere ser primo.