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¿Más ahorro energético es más crecimiento?

Cuando se abarata el consumo de energía, el efecto rebote puede provocar que familias y empresas empleen el ahorro en adquirir nuevos bienes

  • La reducción del consumo de energía es un objetivo europeo / Foto: Marcelo del Pozo
    La reducción del consumo de energía es un objetivo europeo / Foto: Marcelo del Pozo
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

10 de marzo de 2019. 19:54h

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José Manuel Cansino.  Sevilla. 11/3/2019

La mayor parte de las políticas de ahorro o eficiencia energética no tienen en cuenta el efecto rebote que produce un abaratamiento de los precios consecuencia del menor coste de producción. Esta es una cuestión muy debatida a nivel académico aunque el debate no se haya trasladado apenas a medidas de política energética. Lo que resulta verdaderamente sorprendente es analizar el efecto rebote, no como algo negativo sino todo lo contario. El ahorro energético, a pesar del efecto rebote, puede ser un revulsivo para el crecimiento económico.

La idea básica es la siguiente: cuando una familia o una empresa introducen una mejora tecnológica que le permite hacer lo mismo reduciendo su consumo energético puede considerar que su consumo se abarata. De manera similar a como respondería ante la reducción del precio de cualquier bien, la familia o la empresa pueden reaccionar aumentando su consumo de energía y a esto los expertos le llaman efecto rebote directo. Además de esto, las empresas y los hogares pueden aumentar su ahorro como consecuencia de reducir su factura energética. Parte de ese ahorro puede ahora emplearse en la adquisición de nuevos bienes y servicios para cuya producción también se necesita consumir energía. Este último consumo adicional de energía añade un nuevo efecto rebote al que los expertos llaman indirecto.

El economista español Jaume Freire-González ha estimado para la economía española cuánto ahorro energético no llega verdaderamente a producirse como consecuencia de la suma de los efectos rebote; directo e indirecto. Para este joven economista afincado en la Universidad de Harvard, entre el 30 y el 50% del ahorro energético que los hogares podrían lograr no llega a producirse. Pablo Arocena, Antonio Gómez y Sofía Peña llegan a conclusiones parecidas. Particularmente calculan que el consumo final de los hogares de electricidad aumentaría un 1,12 % partiendo del supuesto de que el sistema productivo español mejora su eficiencia energética en un 10%. En el mismo estudio estos investigadores concluyen que la demanda de gas por las familias aumentaría un 1.28 %, un 1,37 % los derivados del petróleo y un 1.35 % el consumo de carbón.

La cuestión final es que, en sus cálculos, Arocena estima que el PIB español aumentaría un 1,22 % si los requerimientos energéticos del sistema productivo nacional por cada producto fabricado se redujesen en un 10% (la mitad de lo requerido por la directiva europea H2020). Paradójicamente, las medidas orientadas a reducir el consumo energético por unidad de producto acaban actuando como un estímulo al crecimiento económico a pesar de no estar diseñadas para eso, sino para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. La pregunta clave es: ¿este resultado es bueno o malo?

La respuesta, como casi siempre, es depende. De entrada, hay que ser cautos cuando los cálculos ingenieriles nos dicen que tal dispositivo consume menos electricidad o tal vehículo menos combustible. Aisladamente puede ser cierto pero macroeconómicamente debería matizarse. Es posible incluir medidas que reduzcan el efecto rebote (por ejemplo aumentar los impuestos sobre el consumo de energía). También es posible diseñar las políticas de eficiencia energética de forma más creíble dando por hecho que siempre va a haber algún efecto rebote. Por ejemplo, el departamento de Energía y Cambio Climático del Reino Unido descontó el 15% de los ahorros potenciales que las mejoras tecnológicas permitían debido al «efecto confort» en los hogares. Este efecto estaba asociado al hecho de que un menor consumo de energía por calefactor hacía que los hogares británicos elevasen la temperatura interior de las viviendas.

La cuestión clave no sólo es determinar la magnitud del efecto rebote –de por sí importante– sino, sobre todo, aprovechar que la mejora de la eficiencia energética puede actuar como un estímulo para el crecimiento económico que a su vez debe ser abastecido por un sistema energético menos contaminante, barato y seguro.

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