Paradojas junto al Pacífico

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San Francisco es un lugar paradójico desde su misma fundación. Un año antes que misión, fue fortaleza que jamás ningún invasor ha intentado expugnar. Su celebérrima cárcel, Alcatraz, se yergue frente al asentamiento de El Presidio, donde nunca hubo ningún prisionero. La casa consistorial replica la basílica vaticana de San Pedro, con remates de oro de 23,5 quilates en su cúpula –toma humildad franciscana– y la catedral católica, Santa María de la Asunción, llamada «la lavadora» por los autóctonos, es un raro mamotreto que recuerda vagamente al Guggenheim de Bilbao. Juan Pablo II la consagró, haciendo honor a su apelativo de Papa viajero, y sus peregrinos obtienen indulgencias plenarias, tal vez porque se halla a cinco minutos de paseo de Haight Ashbury, el barrio hippie desde el que Janis Joplin proclamó la era del amor libre en el verano de 1967. Joe Di Maggio, el mito del béisbol que se casó con Marilyn Monroe, nació en un pueblo cercano llamado Martinez (sin tilde) pero es hijo adoptivo de esta ciudad que le puso su nombre un polideportivo: varias hectáreas con canchas de baloncesto, campos fútbol de un lado y otro del charco, pistas de tenis, piscinas, gimnasios, un velódromo... y ni una mala base desde la que ensayar batazos. La estación marítima, donde se coge el ferry a bordo del cual se recorre la bahía, tiene un gran reloj parado a las 5:30, la hora del terremoto que la derribó dejando en pie sólo su torre, una réplica de la que se erguía junto al Madison Square Garden de Nueva York, que a su vez era una réplica de la Giralda. No se imaginan que el original del original, sin el cuerpo de campanas, está en Marraquech y no en Sevilla, como también ignoran que sí es genuinamente sevillana la empresa que ha inundado de autobuses turísticos esta esquina de California.