Sevilla, Huelva y Málaga, con el «obispo de los sagrarios abandonados»

Casi 400 pearegrinos andaluces asistirán mañana enRoma a la ceremonia de canonización de Manuel González.

Manuel González con seminaristas en Málaga.
Manuel González con seminaristas en Málaga.

Casi 400 pearegrinos andaluces asistirán mañana enRoma a la ceremonia de canonización de Manuel González.

Fue niño Seise y esa primera experiencia junto a Jesús Sacramentado le marcó, al igual que cuando llegó a Palomares del Río (Sevilla) y nadie lo recibió, encontrándose con una iglesia sin fieles. La biografía de Manuel González, sevillano de nacimiento, arcipreste de Huelva y obispo de Málaga y Palencia, resume la historia de la transición del siglo XIX al XX. Pisó una Andalucía con muchas necesidades donde el analfabetismo y la miseria cohabitaban de forma ostensible y sufrió en sus carnes la ira desatada contra todo lo que oliera a Iglesia tras la proclamación de la II República. Exiliado, destronado y repuesto en una sede episcopal, por última vez en Palencia. Allí descansan sus restos junto a un epitafio que resume sus desvelos: «Pido ser enterrado junto a un sagrario para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

Fue beatificado el 29 de abril de 2001 por el Papa Juan Pablo II y mañana será proclamado santo por el Papa Francisco tras aprobar el milagro atribuido a su intercesión: la curación inexplicable en 2008 de una madrileña que sufría un linfoma agresivo. Por este motivo, la Unión Eucarística Reparadora y la congregación de las Hermanas Misioneras Eucarísticas de Nazaret, colectivos que él fundó, junto a las diócesis a las que estuvo vinculado, han organizado peregrinaciones a Roma para asistir a la ceremonia. Desde Andalucía partirán en torno a 400 personas, que se sumarán a las más de 700 que se integran en el viaje organizado por la casa general de la congregación de Madrid.

Nacido en la capital hispalense en 1877, recibió la ordenación sacerdotal en 1901 de manos del cardenal Marcelo Spínola. Éste lo envió en 1902 a predicar una misión a Palomares del Río y allí vivió una experiencia que marcó su vida religiosa. Esperaba ser recibido por todo el pueblo y, nada más llegar, deambuló solitario por sus calles y encontró la iglesia vacía. De ahí nació su obsesión por acercar a Jesús Sacramentado a la gente y el sobrenombre de «obispo de los sagrarios abandonados».

En 1905 fue nombrado cura ecónomo de la parroquia de San Pedro de Huelva y, a los pocos meses, arcipreste de esta ciudad, dependiente entonces de la Archidiócesis de Sevilla. Allí desplegó, durante once años, una completa obra social, dadas las urgentes necesidades de la población. Creó las escuelas del Polvorín y de la Cinta, para niños pobres, junto al abogado y maestro Manuel Siurot. Puso en marcha una biblioteca ambulante con más de 5.000 volúmenes, una panadería para los necesitados y una casa de ahorros. También estuvo junto a los mineros de Riotinto en las huelgas que organizaron. Su entrega fue reconocida por el Papa, que lo nombró obispo de Málaga en 1916. Allí se dedicó de manera especial a la formación de los sacerdotes, de modo que promovió la construcción del seminario en los montes de la ciudad. El edificio en sí desplegaba la catequesis que se impartía en su interior.

La noche del 11 de mayo de 1931, poco después de poclamarse la II República, una masa enfervorizada incendió el palacio episcopal reduciendo a cenizas sus tesoros artísticos y documentales. El obispo, junto a su hermana y varias religiosas, tuvieron que salir a la carrera por la puerta trasera del edificio, comenzando así su particular exilio. Se refugió en un primer momento en Gibraltar y luego en Ronda. Posteriormente se trasladó a Madrid, donde rigió la diócesis malagueña desde 1932. En 1935 fue nombrado obispo de Palencia, su último destino, donde murió en 1940.