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También los Goya

La pujanza cultural de Málaga ha llegado para quedarse. La semana pasada, Francisco de la Torre anunció que su ciudad, valga el posesivo, acogerá la próxima gala de los Premios Goya. Otra sede que le ha madrugado a Sevilla un alcalde de exultante e insultante juventud que agotará este mandato con los ochenta años cumplidos. La capital (¿por cuánto tiempo?) de la autonomía la organizó en enero a la estela de los premios de cine europeo que son el corolario de su festival, pero en la Costa del Sol han hecho valer ahora otra capitalidad oficiosa, la que le confiere su arrollador certamen de películas en la lengua de Cervantes. Y, sobre todo, ha pesado el valor contante de unos euros que escasean en la Andalucía interior: cada zancada malagueña supone un paso hacia la construcción de una región de dos velocidades que ya está plasmada en el desequilibrio geográfico de un Gobierno presidido por Moreno Bonilla y liderado por Bendodo Benasayag, amigos y (antiguos) residentes en el barrio de Carranque. No se trata de un lamento, entiéndase bien, pues los cinco anteriores presidentes de la Junta no sólo fueron socialistas, sino que estaban afiliados a agrupaciones sevillanas, pero sí es una constatación de hacia dónde caminan los tiempos. Las teorías más radicalmente deterministas reposan desechadas en el desván de las academias, es verdad, aunque tampoco conviene ignorar que son la abundancia y la prosperidad las mejores parteras de líderes. Málaga y su provincia han sabido generar riqueza, lo que por fuerza desemboca en la aparición de gestores capaces que se muestran audaces donde otros prefieren cultivar el haba contadita para poderla cocer en la sopa boba. Se quedan con todo, así, a pesar de que el (falso) jeque Al-Thani los haya timado con un club de fútbol que ahora agoniza.

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