Cataluña

El antirrealista Anton Chéjov

El TNC acoge la adaptación de “El jardín de los cerezos” del Centro Dramático Nacional

El TNC acoge la adaptación de “El jardín de los cerezos” del Centro Dramático Nacional

Publicidad

Cuando Chejov tenía un espejo delante, siempre se miraba de perfil. Lo prefería, porque mirarse de frente era demasiado violento para él. A veces, por su ligera miopía, veía una borrosa mancha que amenazaba con fijarle el gesto, con inmovilizarle la expresión y que en lugar de una persona no fuese más que un caricato, un símil, una firma muerta. Chejov empezó a escribir porque odiaba mirarse al espejo, porque la imagen que veía no le representaba en absoluto, era una abominación, un fraude, una inquina, como esos pobres desquiciados que caminan por la calle insultándose a sí mismos. Los que adoran mirarse al espejo tienen que ser por lógica los sadomasoquistas que les gusta insultarse y escupirse a la cara. Por ello, Chejov es en realidad un antirealista, una persona que huye de la falsedad de las primeras impresiones, que es lo que el realismo ejemplifica. Y por eso es el mejor cuentista del mundo y el gran padre del teatro moderno. Y por eso es uno de los autores más representados en los teatros barceloneses.

El Centro Dramático Nacional (CDN) llega al Teatre Nacional de Catalunya (TNC) con “El jardín de los cerezos”, la última obra del gran Anton Chéjov y la que ejemplifica todo su talento como antirrealista, en el sentido de utilizar la vida cotidiana en su imposibilidad de simplificación, en su más profunda verdad. Dirigida por Ernesto Caballero, la nueva adaptación es “esencial” y “poética”, en el que se resalta su “comicidad, vitalidad y esperanza”. Entre el reparto, un nombre de relumbrón, Carmen Machi, al que acompañan Chema Adeva, Isabel Dimas, Carmen Gutiérrez, Isabel Madolell, Fer Muratori, Didier Otaola y Secun de la Rosa.

Caballero, por tanto, ha intentado “trascender” el realismo y el canon chejoviano, en una obra que califica de “crucial”, la última que escribió el autor ruso, cuando intuía el final de su vida, y que “recoge lo mejor del teatro simbolista del XIX y apunta hacia el siglo XX”. A su juicio es también una pieza compleja, “una comedia agridulce, oscura, que escribe impulsado por el amor a su mujer, que le pide una comedia para triunfar en el teatro comercial de la época” .Como recalca, “Chéjov es Chéjov, es el gran escritor, poeta, dramaturgo, conocedor de la naturaleza humana, tanto por su vertiente de artista como por ser médico, y aquí hace un compendio de toda su obra, entremezcla lo humano con lo dramático y lo trágico con lo cómico, lo satírico”.

Según Caballero, como en todas las piezas de Chéjov, la protagonista más clara de “El jardín de los cerezos” es ”la vida en todo su esplendor”. Aún así, la obra suele recrearse en la “melancolía, en un cierto decadentismo, y así se ha representado tradicionalmente, con una recreación casi tísica de los personajes, con un derrotismo que no hemos querido potenciar en nuestra versión”, señaló Caballero.

Publicidad

Machi, feliz de regresar a Barcelona, donde hace diez años representó la primera obra del dramaturgo ruso, escrita cuando contaba con apenas 17 años, confesó que la de “El jardín de los cerezos” es “verdaderamente jodida, y muy rara, puesto que juega al disimulo de tapar el dolor, lo que ve el espectador no es lo que les pasa realmente a los personajes”. Por su parte, Nelson Dante mantuvo que el montaje de Caballero es “muy actual” y resaltó los acentos de los diferentes actores que lo interpretan, desde el suyo, al de Karina Garantivá, que es colombiana, o el de Paco Déniz, que es canario, mientras que el de Tamar Novas es gallego y el de Miranda Gas es catalán. La obra se podrá ver hasta el próximo 21 de abril.