El arte de Beckett

Elba publica «El mundo y el pantalón», uno de los más inteligentes ensayos del autor de «Esperando a Godot», imprescindible para conocer sus impresiones sobre la pintura

Elba publica «El mundo y el pantalón», uno de los más inteligentes ensayos del autor de «Esperando a Godot», imprescindible para conocer sus impresiones sobre la pintura.

Samuel Beckett es uno de los grandes autores del siglo pasado, uno de esos faros que han iluminado la literatura europea. Beckett no es solamente un impresionante dramaturgo sino que también tiene tras de sí una destacada labor como dramaturgo, una faceta que merece ser tenida en cuenta. Por eso no deja de ser interesante la aparición de un trabajo «El mundo y el pantalón» que acaba de ver la luz en Elba Editorial.

El texto es el primero escrito en francés por el autor irlandés. Era el año 1945 y Beckett y su esposa Suzanne Déchevaux-Dumesnil habían logrado sobrevivir a los desmanes de la Segunda Guerra Mundial, un hecho que influirá posteriormente especialmente en su producción dramática. Colaboradores de la Resistencia francesa, ambos había logrado encontrar refugio en Roussillon, en el sur de Francia. Una vez que los alemanes fueron derrotados por las tropas aliadas, Beckett regresó por poco tiempo a su Dublín natal, trabajando con la Cruz Roja. Sería a principios de ese año que recibió un encargo curioso procedente de las galerías Mai y Maeght con motivo de las exposiciones que preparaban, respectivamente, con obras de Bram y Geer van Velde. El ensayo de quien fue galardonado con el Premio Nobel en 1969 se publicó en las muy prestigiosas páginas de la revista «Derrière le Miroir» en junio de 1948, aunque previamente apareció en las páginas de «Cahiers d’Art».

La edición de Elba se complementa con un epílogo formado por un par de artículos de Jean Frémon, presidente de la Galerie Lelong, entre ellos uno dedicado al escritor irlandés y que nos sirve para conocer algo más de las simpatías de Beckett con los universos artísticos.

Samuel Beckett nos propone una reflexión sobre el mundo del arte desde el inicio, desde la cita que sirve como punto de partida de «El mundo y el pantalón». El breve diálogo es toda una declaración de principios:

«EL CLIENTE: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no le da vergüenza de necesitar seis meses para hacerme un pantalón.

EL SASTRE: Pero, señor, mire el mundo y mire su pantalón».

Beckett considera, con los Van Velde como telón de fondo, que «la historia de la pintura es la historia de sus relaciones con su objeto, evolucionando, necesariamente, primero en el sentido de la extensión y luego en el de la profundidad». La clave para todo esto reside en el hecho de que «lo que renueva la pintura es, en primer lugar, que cada vez hay más cosas que pintar, y luego una forma de pintarlas cada vez más profesional. Con esto no estoy dando a entender que exista una primera fase de expansión, seguida de una segunda de concentración, sino únicamente dos actitudes ligadas la una a la otra, como el descanso está ligado al esfuerzo».

El autor de «Esperando a Godot» no oculta su simpatía hacia la pintura de los hermanos Van Velde y en ellas ve un arte «libre de toda preocupación crítica, como una pintura crítica y de rechazo, rechazo a aceptar de antemano la vieja relación sujeto-objeto. Es evidente que toda obra de arte es un reajuste de esta relación, pero sin llegar a ser crítica en el sentido en que lo mejor de la pintura moderna lo es, crítica que en sus últimas manifestaciones se parece mucho a la que se dirige, con un palo, a la lentitud de un asno muerto».

El escritor quiere que el espectador se sienta libre para juzgar el trabajo de los Van Velde, una pintura que define de poco intelectual. La honestidad de Beckett resalta, por ejemplo, cuando se cita a otro camarada literario: «Me recuerdan a aquel pintor de Cervantes al que cuando le preguntaban “¿Qué estáis pintando?”, respondía: “Lo que salga de mi pincel”».

En 1945, en el momento en el que Samuel Beckett se nos aparece como un analista artístico, hay un pintor al que se le ha metido en la cabeza reivindicar a los grandes maestros de la pintura decimonónica. Es un estilo excesivamente académico y que en ese año, con las vanguardias dejando huella, parece pasada de moda. Eso no fue problema para Salvador Dalí y su cruzada a favor del arte «pompier», pomposo. A este respecto, el escritor sostiene que «Dalí es pomposo. No sabe hacer otra cosa», añadiendo que el artista de Figueres al optar por este camino, «voluntaria o involuntariamente, representa su decadencia. ¿Por qué no iba a hacer obras pomposas, deliberadamente, si eso le resulta ventajoso?».

Leer a Beckett siempre es una invitación a acercarse a una de las mejores mentes del siglo pasado. Su mirada artística es impagable.