El ruiseñor

Decía Josep Pla que la primavera la anuncia puntualmente el canto del primer ruiseñor, y daba cuenta él siempre de la primera vez que lo oía cada año. Así, por ejemplo, en Las horas, anota: «Este año de 1963 oí el primer canto del ruiseñor en la noche del domingo 21 de abril, pocos minutos antes de las doce, exactamente. En estas cosas tan importantes, hay que precisar, y el Times de Londres, que es un diario especializado, entre otras muchas cosas, en dar la primera noticia de haberse oído por primera vez el canto del ruiseñor en una u otra parte de Inglaterra, da siempre la hora del maravilloso acontecimiento».

Y el rey Felipe II, cuando se vio obligado, por razones de la política, a vivir durante algún tiempo en Lisboa, echaba de menos en su palacio “a los ruiseñores, aunque algunos pocos se oyen algunas veces de una ventana mía”, según aseguraba en una carta enviada a su hija en 1581, dejando así constancia de esa melancolía real.

Como no podía ser menos, tratándose del pájaro de canto más apasionado y armonioso, el ruiseñor (cuyo precio en la antigua Roma era superior al de los esclavos) ha inspirado a los mejores poetas. Gonzalo de Berceo decía de él que «canta por fina maestría», y John Keats le invocaba así en su Oda a un ruiseñor: «¡Oh, pájaro inmortal, no has nacido para la muerte!».

El ruiseñor (bulbul, voz de origen árabe con que se le nombra también en castellano) es el pájaro más tímido, pues se calla en cuanto sospecha que alguien le está escuchando, y el más sentido y sentimental, pues solo canta cuando está enamorado. Y eso es lo que quizá debiéramos aprender de él: a ser humildes y no presumir delante de nadie, a cantar o hacer cada cual lo que mejor sepa por pura y desinteresada vanagloria.