«Humillado y humillante para Cataluña»

Sectores políticos y económicos catalanes mantenían anoche que si a Mas le queda algo de dignidad, dimita y convoque elecciones.

Una tomadura de pelo sin precedentes. Si a Mas le queda algo de dignidad, que dimita y convoque elecciones. Es el análisis rotundo que hacen sectores políticos y económicos de Cataluña tras el grotesco resultado de la Asamblea de la CUP. Diez horas de debate, un enrevesado método de votación, un cónclave chusco, impresentable y de broma, a tenor del balance final. El espectáculo es lamentable y coloca de nuevo la pelota en el tejado de Mas. Su gestión desastrosa. Su legado político desolador. Y su trayectoria pública patética. Artur Mas i Gavarró pasará a la historia como un hombre acabado en manos de un grupo de radicales antisistema y el gobernante que dañó a Cataluña hasta lo indecible, con unas fracturas sin precedentes: la de su propio partido, Convergència, la Federación de CiU que ejerció el poder durante treinta años, y la de una sociedad catalana que, a tenor de su pasividad, afronta ahora una etapa caótica por decisión de una formación a la que Mas se entregó de rodillas para intentar salvarse él mismo.

«Humillado y humillante para Cataluña». Es la frase lapidaria que anoche recorría los despachos políticos y económicos catalanes. Nunca unos pocos, representados en el Parlament por diez diputados, lograron someter a tantos. Jamás pudo pensar Jordi Pujol i Soley que el «chico de Prenafeta», así conocido en sus tiempos de joven convergente a las órdenes del entonces número dos de La Generalitat, llegaría a tanto. El lamentable balance de Artur Mas es de los que hacen época, colocando a Cataluña y al resto de España en un desafío de inciertas consecuencias. El resultado de esta expectante asamblea cupera, un rifirrafe de aficionados, algo impensable en Europa y cualquier país democrático. «Un circo en toda regla», en palabras de destacados políticos del bloque constitucional. Acorralado política y judicialmente, obstinado en una hoja de ruta alocada, se lo confesó hace meses a unos amigos en una cena privada: su gran sueño era pasar a la historia como lo hicieron dos de sus predecesores, Francesc Maciá y Lluis Companys. Ambos políticos, en el periodo entre 1931 y 1934, declararon la independencia de la República Catalana en el en el balcón del Palau de la Generalitat. Ante tal objetivo, Artur Mas i Gavarró, un político mediocre, siempre a la sombra del clan pujolista, decidió ponerse el mundo por montera. Nadie sensato en Convergència, a excepción de unos cuantos radicales al uso, comulgaba con tal disparate. Tensó sus relaciones con el clan Pujol, que le acusó de tibieza ante la corrupción que les atenazaba. Perdió a sus fieles socios de Unió Democrática y toda influencia en Madrid. Despreció a la burguesía catalana y los empresarios. «Quiere inmolarse», aseguraban en su entorno.

Es la suya una trayectoria política convulsa y en su contra. Llegó al máximo poder de la Generalitat y del partido fundado por Jordi Pujol, para dejarlo hecho trizas en aras de una lista independentista y heterogénea. Fue una jugada pensada para no tener que dar cuentas de una pésima gestión y los numerosos escándalos de corrupción cimentados bajo ese tres por ciento denunciado en su día por Pascual Maragall. Solapado por el secesionismo, el resto no contaba. Tensó la cuerda al máximo, exhibió una imponente chulería ante Mariano Rajoy, olvidó sus antiguas relaciones con la familia Pujol y se entregó, de hoz y coz a Esquerra Republicana, la extrema izquierda y organizaciones callejeras que nunca pasaron por las urnas. «El tonto útil que aceptó un disimulado cuarto puesto en la infame lista de Juntos por el Sí». Es lo mínimo que dicen ahora de él sus antiguos compañeros de partido e, incluso, algunos de sus fieles ya en desbandada.

Llegado a este punto, Artur Mas es un político que se arrojó al vacío y pasó del poder a la nada. Del cesarismo a la plebe. E imploró el respaldo de quienes nunca comulgaron con sus ideas. Muchos jamás le perdonarán, entre ellos sus verdaderos padrinos, acabar en este triste final con un legado político y una influencia de treinta y cinco años. Como bien dicen en el propio entorno familiar de Jordi Pujol, ha sido el «hereu» descarriado. Pretendió ser César y se quedó en el vacío.

El trauma en las propias filas de Convergència ha sido de campeonato. Veteranos del partido se marcharon con Duran Lleida, el único hombre sensato que representaba el catalanismo moderado, pero a quien incomprensiblemente los votos le dieron la espalda. Algunos de sus propios consejeros en el Govern le criticaban sin tapujos. Entre ellos Andreu Mas-Collel, Santi Vila o Germá Gordó, a quien muchos sitúan en la conjura de la sucesión. Su gran ideólogo, Francesc Homs, se dio un batacazo electoral con las nuevas siglas Democracia y Libertad a favor de ERC y la izquierda radical. Pero nada le importó. Artur Mas se creyó que era el nuevo Moisés catalán para conducir a su pueblo a una ilusa y delirante tierra prometida.

Si Josep María Tarradellas levantara la cabeza le daría un soponcio. Porque aquel presidente de la Generalitat que volvió del exilio era un hombre de Estado que se entendió con Adolfo Suárez y siempre defendió la poderosa influencia y el encaje de Cataluña en el resto de España. Es lo que también hizo Jordi Pujol, con sus luces y sombras, para acabar después en las fauces de la corrupción. Artur Mas tuvo la oportunidad de superarle, pero no le llegó ni a los tobillos. Su huida hacia adelante, su entrega a la independencia y la extrema izquierda eran su coraza defensiva ante una gestión pésima y un horizonte judicial tenebroso. La secesión para tapar la corrupción ha sido su lema. Y ahora queda como un hombre amortizado, un títere en manos de quienes nunca soñaron tener a un político tan ahogado, débil y en sus manos. El verdadero tonto útil de sus propios adversarios.

Artur Mas ha hecho un enorme daño a Cataluña y a España, porque su conducta tiene también consecuencias en todo el panorama político español. Su figura es la de un mediocre irresponsable y su futuro, un negro horizonte lleno de dudas. Por romper, ha roto hasta la CUP, la formación anticapitalista de extrema izquierda a quien él otorgó concesiones impensables.