«La ópera contemporánea no tiene emoción»

El tenor Jonas Kaufmann debuta en el Liceo en ópera escenificada con «Andrea Chénier»

El tenor asegura que no ha cantado en ópera escenificada en España porque su agencia creía que tenía que centrarse en los cinco o seis teatros principales y ni el Liceo ni el Real están dentro del selecto grupo
El tenor asegura que no ha cantado en ópera escenificada en España porque su agencia creía que tenía que centrarse en los cinco o seis teatros principales y ni el Liceo ni el Real están dentro del selecto grupo

El tenor Jonas Kaufmann debuta en el Liceo en ópera escenificada con «Andrea Chénier».

El nombre Jonas Kaufmann es, ahora mismo, como un gran flash que te deja por completo deslumbrado, lleno de calor y bienestar. El tenor es el gran foco del mundo de la lírica, haciendo que cualquier proyecto en el que esté se convierta en acontecimiento. Uno juraría que ha hecho un pacto con el diablo que le ha descifrado todos los secretos de la voz. Canta y enamora al instante, provoca entusiasmo, delirio, maravilla, pero hasta ahora nunca había participado en España en una ópera escenificada, donde enamora por dos. «La gente cree que con mi nombre ya hay una garantía de éxito, pero no es así. Hay muchos variables en una producción operística y no se puede cargar todo a mis espaldas. El conjunto es lo que marca el éxito de una producción», se queja el tenor alemán.

El Liceo rompe el maleficio y acoge mañana su debut en el coliseo lírico en una ópera escenificada con «Andrea Chénier», una circunstancia de la que no tiene ningún reparo en culparse a sí mismo. «Claro que han habido ofertas, pero yo y mi agencia creímos que teníamos que centrarnos en los cinco o seis teatros que dominan el sector, lugares como el MET, el Covent Garden, la Scala, París, Viena. Lamentablemente, y no porque lo piense yo, sino por lo que dicen los especialistas, ni el Liceo ni el Real están en esta liga. Pero por fin he podido cubrir lo que era un déficit inaceptable y estoy muy contento», señala Kaufmann.

El tenor llega con un «Andrea Chénier» que conoce muy bien y en el que coincidirá por primera vez con primeras espadas como la soprano Sondra Radvanovsky o el barítico Carlos Álvarez. «No habíamos coincidido antes, pero son cantantes magníficos y todo el reparto es excepcional. Con Sondra ya nos han dicho que nuestras voces mezclan muy bien, lo que a veces no ocurre, así que el público disfrutará. Y Carlos está en una forma increíble, hace un papel mágico», asegura Kaufmann.

El tenor ya estrenó este montaje ideado por David McVicar hace tres años en el Covent Garden y ahora regresa a un rol que afirma adorar. «Tiene cuatro arias y tres duetos, así que te mantiene siempre en tensión. Hay escenas muy complicadas en la que has de conseguir un equilibrio porque si empiezas muy fuerte puede que al acabar te quedes sin energía y matar tu voz. Así que el truco es hacer como si actuases al 110 por ciento todo el tiempo, pero reservándote», señala Kaufmann, para quien el verismo es uno de los estilos que más exigen a los cantantes. «Si no pones todo tu corazón en la pieza y descargas toda tu emoción, el público nota la frialdad y se aparta. Nunca tendrás éxito si no lo das todo en el verismo», insiste el tenor alemán.

A pesar de ser el auténtico número uno del momento, dista mucho de parecer el típico divo del mundo de la música, aunque reconoce que ha conocido a unos cuantos. «Yo siempre pienso que en la vida conoces dos veces a las personas. Puede que la primera estes en una situación de poder y los demás te necesiten, pero seguramente la segunda sea a la inversa y seas tú quien necesite a los demás. Es ridículo, por tanto, tratar mal a la gente. Es tan simple como tratar a los demás como quieres ser tratado. Pero hay que entender a estaas divas y divos, seguramente tienen un miedo enorme de perder su lugar de privilegio», asegura Kaufmann.

Desde el principio, la obsesión más grande del tenor fue huir del encasillamiento, de que le tildaran de un tenor wagneriano o un verdiano, verista etcétera, y todavía busca engrandar su enorme rango vocal. «Admiro mucho a Alfredo Krauss, una persona que se limitó a hacer a la perfección unos siete u ocho roles. A mí eso me parecería, sin embargo, aburido», sentencia. Lo que no cree que haga es pasarse al repertorio de barítono como ha hecho Plácido Domingo estos últimos años. «No creo que tenga una energía tan extraordinaria como Plácido, que ha levantado una segunda carrera. No me veo, aunque todo puede ser. De momento vislumbro unos quince años más contando todos los roles de tenor que me faltan», concluye.

Lo que no existe en su repertorio es la ópera contemporánea, de la que no tiene muy buenas palabras. «La gente sale de la ópera tarareando su música, algo que con la ópera contemporánea es imposible, Todo es pura matemática, no tienen emoción. Supongo que los compositores tienen miedo de que los acusen de sonar antiguos. Es extraño, antes era la música pop de la época y ahora es un recuerdo», dice.