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Los estragos de la corrupción en las personas que la cometen o ¿sólo es ficción?

Las novelas que tratan sobre la codicia y la falsedad son mucho más crueles que las que tratan sobre crímenes de sangre y muestran los villanos más espeluznantes de la historia de la literatura

Las novelas que tratan sobre la codicia y la falsedad son mucho más crueles que las que tratan sobre crímenes de sangre y muestran los villanos más espeluznantes de la historia de la literatura

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quieren prohibir «La caperucita roja» por sexista. Si fuese cierto que toda ficción tiene que ser edificante porque su contenido moldea la percepción de la realidad de sus lectores, entonces no existirían corruptos en el mundo. Y existen, vaya si lo hacen, hay más corrputos que mundo. La sobrepoblación de corruptos es tal que en Nueva Delhi a los pequeñitos los entierran en el barro. Aún así, todas las grandes novelas que tratan este tema son inmisericordes con sus protagonistas, con sus villanos malhechores, cuyo destino final no sólo es terrible, sino hasta cruel. Si tuviésemos que interpretar el horror, la maldad y el rechazo que despiertan por el final que les reserva la historia, está claro que un corrupto es más indeseable que un asesino, violador o pederasta. La vida humana puede ser lo más elevado que existe, sí, pero sólo de boquilla. Lo más elevado es el dinero y todos aquellos que lo tocan de forma infame merecen todas las torturas del mundo. Al menos según los escritores que han tratado el tema.

Y quieren prohibir «La caperucita roja». La editorial Ático de los Libros acaba de recuperar «El mundo en que vivimos», de Anthony Trollope, obra maestra del célebre, pero un poco arrinconado en las últimas décadas, escritor inglés de finales del XIX. La novela nos presenta a Augustus Melmotte, una de esas personas indeseables a lo Felix Millet, pero de gran magnetismo, capaz de engatusar a los inversores para que pierdan su dinero sólo a beneficio propio. Su proyecto fantasma, construir una línea de tren de Sant Lake City (Utah) a Veracruz (México).

Pero el gran papa oso siempre está rodeado de centenares de oseznos tan corruptos como él y el mapa del Londres de 1870 que dibuja Trollope es desolador. Tanto es así, que la idea de la novela nació cuando el escritor, que había vivido algunos años en las colonias inglesas, regresó a Londres y quedó horrorizado por la inmoralidad social y la deshonestidad absoluta de una ciudad que le era imposible reconocer. Dicen que las ciudades son sus gentes. El Londres finisecular deja claro que la gente era horrible.

Escrito en forma de sátira, con una red de pequeñas corrupciones que van devorando todas las relaciones humanas hasta que el amor se convierte en un arma de guerra, la novela no tendrá compasión con este Augustus Melmotte. Si alguien novelase la vida de Félix Millet, nadie la podría leer si no acabase mucho peor que lo ha hecho él, sin duda. «No hay ninguna felicidad en el amor, si no es al final de una novela inglesa», decía Trollope. Lo mismo podía decirse de la corrupción. «No hay ninguna consecuencia real en la corrupción, si no es al final de una novela».

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Otro de los hitos de las novelas sobre corrupción es «La jungla», de Upton Sinclair, que recuperó hace unos años la editorial Capitán Swing. Escrita en 1905, el libro describe las horribles condiciones de trabajo de la industria cárnica de Estados Unidos centrada en una planta de Chicago. El propio Upton Sinclair fue a visitar dichas fábricas y quedó horrorizado por todo lo que veía, no sólo ante la indefensión de los trabajadores, sino ante la fascinerosa crueldad de los dueños de las fábricas y la complaciencia de las autoridades. Publicado en un principio en el diario socialista «The appeal to reason» su paso a la novela un año después fue todo un fenómeno. Incluso el presidente de los estados Unidos Theodore Roosvelt lo leyó y decidió que había que decir basta. A partir de entonces se aprobó el «Pure food legislation» que forzó a mejoras sanitarias en el sector. Y dicen que escribir no sirve de nada. «Es difícil hacer entender algo a un hombre cuando su salario depende de que no lo entienda. En realidad yo apunté al corazón del público y por accidente les di en el estómago», aseguraba Sinclair.

Otros países, mismos hábitos

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Otro de los hitos sobre corrupción, en este caso en un trasfondo poítico, es «Todos los hombres del rey», de Robert Penn Warren, que recuperó Anagrama hace poco tras la nueva adaptación cinematográfica de la novela. El malo malísimo aquí es Willie Stark, que entra en política como un idealista y acaba por comprobar que nada sepuede hacer sin ensuciarse un poco las manos. Llegará a gobernador, conseguirá todo el poder que pudo soñar, vivirá en la mansión que deseó cuando era un niño, pero las consecuencias de sus actos lo arrinconarán en un callejón sin salida. Porque todo el mundo sabe que todos los actos tienen consecuencias. Al menos eso dicen las novelas, pero la realidad no lo sabe. Ni siquiera los millenials lo saben. Este retrato de la desviación de un hombre del buen camino es una asombrosa fábula moral que hiela la sangrey entristece el corazón. «Sentido histórico y sentido poético no deberían, en el fondo, ser contraditorios porque, si bien la poesia es el pequeño mito que nosotros hacemos, la historia es el gran mito que nosotros vivimos y que, en nuestra vida, constantemente rehacemos». Eso es lo que hacen los escritores, poetizar la vida y en la poesía, por lo que se ve, todo el mundo recibe su merecido.

Pero no todo tiene que ser a gran escala. La maldad, la corrupción y la avaricia tienen mil escalas y ninguna buena. Esto se puede ver con claridad en «Avaricia», de Fran Norris, publicada hace unos años por La Orilla Negra. Esta novela presenta a un personaje, McTeague, que pasa de hombre enamorado a asesino a partir de la visualización de la pobreza. Dentista sin título, acabará denunciado, dando una paliza a su mujer y robando su dinero y perdido en el desierto con un final que es metafóricamente hermoso, cruel y vigorizante para quienes tienen que odiarlo, sus lectores. No revelaremos el final, pero hay ganas. De la novela, Eric von Stroihem rodó la célebre «Avaricia», una de los grandes filmes del cine mudo.

El mismo autor tiene otra brillante representación de la corrupción en «Octopus. La historia de california». Como en «El mundo en que vivimos», aquí nos muestra toda la podredumbre moral que surgió con la construcción del ferrocaril. Aquí no sólo vemos cómo los empresarios ferroviarios son los malos malísimos, sino que descubrimos como los granjeros que vendierons sus tierras también cayeron en el fango más pestilente. Imprescindible.

Como se ve, la corrupción arrastra con todo lo que tocay si se puede, se le añade algún asesinato para que parezca más horrible si cabe cuando el trasfondo real del mensaje que presentan es que el dinero es más sagrado que el cuerpo. Y quieren prohibir «La caperucita roja».