Palabras inéditas de Cirlot

A veces no se puede saber qué tesoros quedan ocultos en una biblioteca. Hace unas semanas, los responsables de la librería barcelonesa Litoral, especializada en libro antiguo y de coleccionista, adquirieron un fondo procedente de un profesor de universidad. Allí, entre libros viejos de las temáticas más diversas, aunque con un predominio por lo relacionado con el ocultismo y la simbología, aparecieron una serie de documentos relacionados a una de las personalidades literarias más insólitas del siglo XX. Se trata de un conjunto de cartas y ediciones de poemarios de Juan Eduardo Cirlot.

Autor de una intensa producción literaria, en la que caben monografías sobre Miró, Tàpies, Stravinsky, Gaudí o los símbolos, en 1970, tres años antes de su muerte, mantuvo una amistad epistolar con un profesor de literatura, admirador de su obra poética hasta el punto de querer dedicarle un estudio. El 5 de octubre de 1970, Cirlot le responde agradecido y dándole consejos a su lector. «Si quiere V. ser poeta, busque sus propias técnicas. Hay muchas cosas por descubrir. Cientos de recursos: repetición de la misma palabra, destrucción de la sintaxis, escritura de un poema, recorte de sus trozos y recomposición en "collage". A la larga, sólo puede causarle satisfacción espiritual profunda lo que descubra por sí mismo, avanzando de una técnica simple a otra más extraña, inéditamente. Sólo lo inédito vale. Es la ley del arte del siglo XX, incluida la poesía».

Contra Neruda

En la misma nota, Cirlot incluye unas impresiones sobre Pablo Neruda: «En mi juventud admiraba a Neruda. Luego he llegado a detestarlo. ¿A dónde habría llegado habría llegdo siguiendo la vía de la "Residencia en la Tierra"? Incluso si sus experimentos se apartan –hasta cierto punto– de mi invención de la poesía permutatoria no dejarán de corresponder a ese ámbito».

Las palabras de Cirlot no cayeron en saco roto y a su receptor le gustó el esfuerzo del poeta por compatir sus reflexiones literarias. Por eso, le envío una carta de agradecimiento que, el 14 de octubre, era respondida por el escritor. «No considere mis palabras como consejos. Nunca doy consejos, sino que me limito a exponer lo que pienso,. Parece lo mismo pero hay una distinción que, siendo sutil, es inmensa: la que media entre un ser y otro. Yo puedo decirrle lo que "yo"haría en su caso o no haría, pero me guardaré de decirlo que "V."puede o debe hacer. Cierto es que tengo eso que se llama "experiencia"debido tanto a mis años como a mi escasa fortuna (he publicado 25 libros sobre arte, unos 40 poemas y unos 200 artículos sin lograr nada)».

Esa mirada pesimista se extiende a lo largo de la larga carta. A este respecto, Cirlot le añade unas impresiones: «Tengo –no se lo niego– una ideología abiertamente nihilista. Creo que el mundo es un mal y la existencia un mal. Creo que valdría más que no existiera nada, como pensaba Buda, y me asombro con Heidegger, quien se pregunta: "¿Por qué hay algo y más bien no hay nada?"Pero es inútil. El mundo existe. La realidad es. Y aunque en verdad no sea. pues viene a resultar como un film en 3 dimensiones que vivimos por dentro, no dejamos a veces (casi siempre) de ir dejando trozos de nuestro ser por los bosques espesos del mundo».

El profesor y lector entusiasta de Cirlot siguió escribiendo a su admirado autor, con observaciones «inteligentes y acertadas», tal y como le indica el escritor a su receptor el 1 de noviembre. Pero a Juan Eduardo Cirlot le surgió una duda ante tanto interés: «Sólo me pregunto una cosa. Si cree que mi poesía es sólo para mí, ¿por qué quiere leerla a sus amigos?».