Skepta y el grime reinan en el final del Sónar

La inmensa nave industrial del SónarClub es una gran pecera nocturna.
La inmensa nave industrial del SónarClub es una gran pecera nocturna.

Las tres jornadas del festival se despiden con los nuevos sonidos urbanos y el toque de nostalgia de New Order.

La última noche del Sónar siempre es vértigo, fiebre e histeria. El festival es como la colisión de partículas, el jueves empieza aquí, el viernes, no se sabe cómo, está en otra parte al mismo tiempo, y el sábado por la noche la aceleración se implanta, la velocidad se dispara, la dirección se marca y consolida y llega el rayo y la luz y el calor y entonces «¡booom!», el estruendo, fragor, las luces, y todos ciegos. A un tiempo, todo se crea y destruye y se vuelve a crear y cuando las buenas gentes abandonan el recinto de Fira 2 a las cinco, seis, siete de la mañana, sus caras son un poema, y no un soneto romántico, no, sus caras son una oda whitmaniana de «¡yo soy el viejo que escupe y la rata que soba y la mujer que besa y el niño que orina sobre la espalda de la rana y la rana que grita: soy la hierba cuando crece y se arruga y soy el sol que la cobija!» No, no saben quién son ya,están exhaustos, pero lo que sí saben es que el año que viene volverán.

La noche del sábado arrancó nostálgica, con New Order, que consiguieron recobrar viejos laureles y dejar el mal sabor de boca que habían conseguido con sus últimas visitas. Dicen que su nuevo disco es el mejor desde 1990, lo que no quiere decir que sea un buen disco, sino que los otros eran muy malos. Así que los nuevos temas sonaron bien y aburrieron hasta a las tinieblas. Es lo que tiene la mediocridad. Sin embargo, sus canciones míticas no envejecen y dominaron por completo el set. El final con «Blue Monday» y «Love will tear us apart», de Joy Division, con homenaje a Ian Curtis incluido, consiguió eso tan difícil de conseguir lo que quieres y descubrir que podías querer todavía más.

El gran vencedor de la noche fue Skepta, el gran gurú del grime y toda una fuerza popular en Inglaterra. La conexión con el público se notó desde el minuto uno, con el público coreando las letras de sus canciones, rapeando con él, mimetizando todo su flow y su ritmo y sus pequeños tics. De pronto había 10.000 Skpetas replicados, un ejércitos de la calle a punto de ir a morder el pulgar de las señoras de los barrios ricos. Cuando un artista consigue domar así a su público, presenciarlo es una maravilla.

El grime y el trap y los nuevos sonidos urbanos han sido uno de los protagonistas del festival, pero lo cierto es que no todos son Skepta. Stormy quedó en pitufo gruñón al compararlo con el otro y lo que hacía era básicamente lo mismo.

El que se ha instalado en una idea única y lo repite una y otra vez sin progresión ni emoción alguna es Fatboy Slim que se divirtió muchísimo sobre el escenario viendo como nadie más lo hacía. Los que fueron el jueves a verlo estaban ya avisados y no volvieron. Sus hits sólo eran apuntes sampleados que servían de introducción para la misma progresión de bajos percutidos en la misma secuencia. La primera vez la sorpresa funcionaba. La novena vez, al diablo, que le parta un rayo.

Los que dejaron mejor sabor de boca, al menos por su variedad estilística, fueron los ingleses Melé & Monki’s NRG Flash, muy resultones ellos, algo rivivalistas de los 90, pero sumamente divertidos. Y siempre estaba Laurent Garnier, viejo maestro francés que, o la lá, hizo las delicias de la gente que sí pudo entrar en el Sónar Car.