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Catas con alma, empatía fermentada

Amparados en la coartada perfecta del maridaje deseado, buscamos la autenticidad de ciertas catas protagonizadas por genuinos enólogos y singulares viticultores que dejan huella en nuestros paladares de manera vitalicia.

En una época poblada de tránsfugas encubiertos, del vino a la cerveza, pícaros y logreros que allanan el camino sumiller en una dimensión subterránea. Ahora que casi todo es postureo y que normalizamos cierto selficidio vinícola conviene resaltar la autenticidad de ciertas catas protagonizadas por genuinos enólogos y singulares viticultores. La perspicaz convocatoria de «Sommelier Express», nos sirve para conocer a Xurxo Alba de Bodegas Albamar.

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En plena cata viajamos en busca del albariño deseado que deja huella en nuestros paladares de manera vitalicia. Los vinos gallegos actuales provocan certidumbre desde el primer trago. Una implosión de maridajes que amenaza el liderazgo de otras denominaciones históricas. Aunque la peregrinación inicial se intensifica hacia el concluyente albariño blanco, «Albamar, Finca o Pereiro», el derroche enólogo nos redime del abandono pretérito al que hemos sometido al tinto. La continuidad viene respaldada por el rostro emergente de un imponente tinto «Albamar o Esteiro» con variedades de uva mencía, caiño y espadeiro con crianza de doce meses.

Sus vinos atlánticos, conviene recordarlo, jalonan el maridaje natural de un punto cardinal a otro de España. La tonalidad emocional de sus creaciones es confesional e intimista. Para muestra, el deseado «Pepe Luis», albariño fermentado en barricas, homenaje a su hermano fallecido. El correlato de su presencia en las mesas de los restaurantes más importantes habla por sí solo. Los asuntos de familia se representan también en el redondo «Pai», (padre en gallego) mezcla de albariños y Nai (madre) un ribeira sacra con carácter, selección de mencía con seis meses de roble, que evidencian la fuerza creativa donde el tinto, es la gran esperanza blanca y el blanco representa la consolidación.

La conversación con Xurxo Alba, enólogo bienhumorado y optimista viticultor, céltiña de corazón, todo hay que decirlo, hasta el adn balompédico, incrementa los galones de credibilidad de una sobremesa donde la naturalidad no queda escamoteada por el empacho gourmet.

Sin atrezzo comercial alguno, su escrupuloso trabajo, solo con el marketing del sentimiento, consigue la adhesión a sus vinos donde la búsqueda de la autenticidad se convierte en una obsesión y su tipicidad en un dogma.

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La tertulia final se convierte en un despliegue de liberación que encumbra a un espontáneo mencía que responde al nombre de «Fusco» mientras nos percatamos de la necesidad de buscar la oportunidad de conocer un vino realizado entre amigos hosteleros, bajo su dirección, «Sesenta e Nove Arrobas». Créanme dicen que no hay forma de conseguirlo. Sus botellas magnun se encuentran en busca y captura. No será por casualidad.

Siempre admiramos a esas personas que no solo sienten un vago deseo de mejorar el mundo del vino y la gastronomía, sino que además se empeñan en hacerlo cotidianamente. Gente que tiene una idea y la formidable voluntad de ponerla en marcha. Amparados en la coartada perfecta del maridaje deseado, en sus manos está el recurso sanador de un trago de gracia, blanco o tinto, a beneficio de la armonía de una cata con alma y empatía fermentada.

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