El corazón de la ópera cumple 200 años

Amenazado de ruina y hasta sede de un polvorín, el Teatro Real celebra su bicentenario con más esplendor que nunca.

Dice el mito que los teatros construidos cerca del agua tienen mejor sonoridad. El Teatro Real se levanta sobre la antigua fuente de los Caños del Peral y su  patio de butacas es en forma de herradura, a la italiana.
Dice el mito que los teatros construidos cerca del agua tienen mejor sonoridad. El Teatro Real se levanta sobre la antigua fuente de los Caños del Peral y su patio de butacas es en forma de herradura, a la italiana.

Amenazado de ruina y hasta sede de un polvorín, el Teatro Real celebra su bicentenario con más esplendor que nunca.

En apenas unos días, el 23 de abril, se cumplen doscientos años desde que se puso la primera piedra para la construcción del Teatro Real y 168 desde su inauguración. Su historia, por el final, consiste en un capítulo que pudo acabar en tragedia: en 1995 la gran araña de cristal de La Granja –que preside su patio de butacas y que pesa 2.700 kilos–, se desplomó sobre las localidades. Sólo fue un susto porque la sala estaba vacía, pero no fue el primero de los vividos por un edificio por el que ha pasado parte de la historia de la ópera en la capital.

Dentro del proyecto de remodelación de la Plaza de Oriente, Fernando VII quiso que Madrid tuviera un teatro de la ópera. Encargó el proyecto a Antonio López Aguado, que precisó derribar el antiguo Teatro de los Caños del Peral. Se puso la primera piedra en 1818, pero era sólo el inicio de una carrera de obstáculos que duraría 32 años, como consecuencia de la carencia de fondos económicos que la Corona sufrió a la hora de financiar unas obras que no se iniciaron hasta 1830 y que concluyeron en 1850. En este tiempo murió el arquitecto que las comenzó y se hizo cargo de ellas Custodio Teodoro Moreno.

Finalmente el Teatro Real sería inaugurado por Isabel II el 19 de noviembre de 1850, coincidiendo con su onomástica. Para su estreno se representó la obra de Gaetano Donizetti «La Favorita». Un año después, las pérdidas se estimaron en 1.200.000 reales, por lo que el Gobierno decidió privatizar la gestión que, sin embargo, continuó siendo deficitaria. Y es que setenta y cinco años después de su inauguración, saltaban las alarmas: en el edificio del Teatro Real aparecieron amenazantes grietas provocadas, según los técnicos, por la inestabilidad del terreno donde se había construido y, sobre todo, por el viaje de agua subterráneo que un día abasteció la fuente de los Caños del Peral. La situación era tan delicada que el edificio fue declarado en ruinas. A pesar de haberse apuntalado la fachada que da a la calle de Vergara, se advirtieron daños en el interior: inundaciones producidas por la rotura de cañerías y grietas en los palcos. Por Real Decreto se cerró al público el 6 de noviembre de 1925. Pero los cimientos continuaron resintiéndose, sobre todo a consecuencia de las obras del metro en sus inmediaciones. El alcalde de Madrid, conde de Vallellano, solicitó al Estado que se derribara y el espacio se cediera al Ayuntamiento para poder ampliar los jardines de la plaza de Oriente. Pero la solicitud no fue atendida, aunque tampoco se desestimó definitivamente. Dicen que en 1962, por voluntad de Franco, se hizo un estudio para demoler el viejo edificio y dotar de un entorno más majestuoso y despejado al Palacio Real.

Durante la guerra, la sala principal del coliseo había servido de polvorín, que llegó a explotar en una ocasión, produciendo daños estructurales que se consideraron irreversibles. A pesar de las fuertes sumas invertidas en consolidación y restauración, el edificio no ofrecía garantías de seguridad y el banquero Juan March decidió que el patronato de su fundación destinara 400 millones de pesetas para la construcción de un moderno teatro de la ópera en el paseo de la Castellana, en el espacio de la actual manzana de AZCA.

Un proyecto de «comunistas»

Se llegó a convocar un concurso público que conllevaba el derribo del viejo teatro y la construcción del nuevo Teatro de la Ópera. Lo ganaron unos arquitectos polacos, pero ni se tiró el viejo edificio ni se construyó el nuevo. ¿Por qué? La versión oficial fue que, aunque la Fundación March había aumentado la donación a 450 millones, todavía el Estado tendría que aportar una cantidad considerable y no estaba en condiciones de hacerlo. March acabó retirándose del proyecto y la realidad es que Franco no quiso que unos «comunistas» fueran los encargados de la construcción de la Nueva Ópera Nacional de España. Así, el régimen apostó por salvar el Real y dejarlo como estaba.

Tras costosas obras, fue reinaugurado el 13 de octubre de 1966, con la presencia de Franco y de los Príncipes Juan Carlos y Sofía, incluyendo en sus instalaciones las del Conservatorio de Música. Cesó su actividad sinfónica en 1988 y pocos meses después comenzaron las obras de remodelación para convertirlo en sala operística. Otra curiosidad: el arquitecto encargado de estos trabajos, José Manuel González Valcárcel, falleció en 1992 durante una visita a las obras, mientras presentaba los trabajos a la prensa y a los críticos musicales. La segunda reinauguración se verificó el 11 de octubre de 1997. Entonces el Teatro Real abrió sus puertas como la gran sala operística, referencia para los amantes de la lírica en Europa, que es hoy 200 años después.