¿Quién fue el primer alcalde de Madrid?

Fue un noble llamado Rodrigo Rodríguez. Estableció multas a quienes tiraran a otros de las barbas; prohibió batirse en duelo, arrojar estiércol a la calle y hacer trampas en el pesaje

Se llamaba Rodrigo Rodríguez Girón, uno de los hijos de nobles que eran formados en el Monasterio de Uclés para ser cancilleres reales. En 1219 fue nombrado Justicia Mayor de Madrid, cargo que, historiadores y eruditos, consideran dotado de poderes y autoridad sobre el municipio; de ahí que coincidan en que puede considerarse el primer alcalde «oficial» de la Villa, antecedente de la figura del corregidor y, más tarde, del alcalde, tal y como lo conocemos en tiempos modernos.

Por aquella época, Madrid no pasaba de los 2.000 habitantes. Había sido reconquistada por las tropas cristianas en 1085. En 1202, Alfonso VIII le otorgaba el primer Fuero municipal, que regulaba el funcionamiento del concejo, competencias que serían ampliadas por Fernando III el Santo, en 1222, tres años después de que Rodrigo fuera encargado de regir los destinos de la villa como Justicia Mayor y Señor de Madrid. Al año siguiente, recibió el título de Villa, hecho que se atribuye al buen trabajo del alcalde y, sobre todo, a la gran influencia que tenía en la nobleza y hasta en el reino de Castilla. En 1224, en la «Crónica latina de los reyes de Castilla» aparece colocado entre los nobles más poderosos.

Pero el Fuero y los privilegios de los que empezaba a gozar la Villa no fueron bien entendidos, ni aceptados por los madrileños, sobre todo porque esa norma, de obligado cumplimiento, prohibía cuestiones tan cotidianas como batirse en duelo si la honra, la hacienda o el buen nombre eran cuestionados públicamente. La única reparación posible llegaba retando a duelo al difamador. Tampoco se tomaron bien que se les impidiera, desde el Concejo, llevar cuchillos, cuando las calles se convertían en peligrosas al caer la tarde y por ellas frecuentaban maleantes y bandidos.

Rodrigo Rodríguez no se dejó intimidar por las presiones del pueblo contra esas prohibiciones que consideraban severa y dejó claro que pondría todo su empeño, y la guardia municipal, para que se cumplieran esas disposiciones, las leyes del Fuero. «No puede ser que la Villa siga siendo un reducto de malas costumbres, de anarquía en el trato y la obediencia. Pero tantas cosas como el Rey mi señor quiere que los madrileños cumplan, es difícil hacerlas posible por mucho que el Fuero lo exija. ¿Cómo evitar que los hijos de esta Villa, por lo común maleducados cuando se expresan en pendencias y querellas, sigan utilizando mal la lengua y abandonen los insultos y las palabras groseras?». Lo que no dijo, pero parece que sí pensó fue la utopía de Alfonso VIII cuando se redactó el Fuero original, demostrando no conocer bien a los madrileños, al prohibirles arrojar estiércol a la calle o desperdicios al cauce del Manzanares, y más cuando dispuso multas y penas de destierro a quienes en las ventas o tabernas osaran «bautizar» con agua el vino que llegaba desde Navalcarnero o Arganda.

Otro de los objetivos del primer alcalde, en su intención de hacer cumplir las disposiciones del Fuero, era perseguir a quienes, bien en los mercados públicos o en los zocos, «quebraran la buena balanza y falsificaran los pesos para engañar a los compradores». Pero quizá la disposición más controvertida, con carácter de anécdota, del mandato de Rodrigo Rodríguez, fue la de imponer una sanción de cuatro maravedíes a quien, en acción vejatoria, se le sorprendiese tirando a alguien de las barbas, con agravante de multa superior, si en esa acción le arrancaba algunos pelos.

De Rodrigo Rodríguez apenas se conocen más datos relevantes. Ha pasado a la historia como el primer alcalde de Madrid, tras la reconquista y la aplicación del ampliado Fuero, pero la palabra alcalde existía con anterioridad. Derivada del árabe «al-cadí» (juez), aplicada desde antes del siglo XII, y de este título gozaron, entre otros Abderramán, Zulema, Jaldún, Tejufín, Daidi o Muslema ben Abec.

Cuando Rodrigo Rodríguez se convirtió en el primer alcalde de Madrid, sus calles eran sucias e inseguras. La gran mayoría de ellas estaban sumidas en la más absoluta oscuridad por la noche, y las frecuentes sequías originaban hambrunas y epidemias. Precisamente en 1219, año en el que empezó a ejercer sus funciones el primer alcalde, la Villa atravesaba una terrible sequía y escasez de alimentos. Ante esta situación, Fernando III ordenó que se sacara en procesión el cuerpo incorrupto del patrón San Isidro. Todo un día lo tuvieron paseando por las calles. Se desató un tremendo temporal que descargó agua a raudales durante varios días, lluvia que se llevó una epidemia y redimió la escasez de alimentos.