Desconcierto, caos y desánimo entre los madrileños ante otro estado de alarma

En Carabanchel, ayer, no se sabía todavía si seguían confinados. Había confusión en los negocios y entre los vecinos

Cuando hacia el mediodía de ayer, se hizo pública la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, que desautorizaba las restricciones en la capital por limitar el derecho a la libre circulación, en Carabanchel corrió de boca en boca que dejaban de estar confinados. Poco tiempo después, la mayoría de los vecinos no sabía ni por dónde les corría el aire. ¿Sí, no, quizá? Algo se explicó mal o se dejó de informar. El caso es que en el barrio los habitantes andan sin agarraderas para saber qué pueden hacer o no. Y también con un peso invisible a cuestas, el del desconcierto y la confusión.

A día de ayer, se creía que se estaba como hace quince días con el cabreo consiguiente. Cristina así lo expresa: «Esto es un descontrol, nos falta información. Lo único que pedimos son que los políticos se sienten, dejen atrás las ideologías y cuando la pandemia se termine que se peleen o lo que sea. Ahora mismo necesitamos mensajes claros, porque lo que no puede ser es que llevemos meses con discursos contradictorios y una guerra de cifras y datos. Nos están volviendo locos». A las 18:00 horas continuaba el desajuste entre lo que lo que estaba permitido o no. En un bar se veía el Canal 24 horas y la información que se ofrecía era más de lo mismo: la trifulca política, pero ningún consejo práctico para intuir hasta dónde se puede llegar y cuándo hay que recular.

Así las cosas, los bares estaban en un sinvivir. ¿Cerrar a las 22:00 horas o servir hasta la 01:00?, «Se abre la barra o no?, ¿hay aforo más o menos para poner nuevas mesas? Demasiadas preguntas y pocas respuestas. «Esto es un cachondeo, ¿podría asesorarnos la Policía Municipal? Yo no sé ahora mismo si tengo que cerrar a las once o puedo seguir sirviendo. Tal y como se cuenta, en teoría se acabaría con las restricciones, pero no lo sé... ¿Qué hago?», dice un encargado de un bar con impotencia. «Algo está fallando, quizá por no decir las cosas más claras». Por lo pronto, hoy va a cerrar a la hora pertinente, pero sin saber si tiene una hora más para servir cenas.

Un propietario de un estanco tampoco se aclara. Pide medidas «coherentes porque nos están mareando. A mí no me afecta al negocio, pero tenemos familia. Mi madre vive en la Ciudad de los Ángeles y quiere irse a su pueblo, pero en teoría no puede. ¿Alguien puede explicar esto?».

Daniel, muy cabreado, creyendo que Carabanchel sigue en las mismas, empieza replicando: «Vamos a ver, la sentencia dice que se vulneran los derechos fundamentales de movilidad de Madrid... ¿Y los nuestros? Yo no puedo ir a Antón Martín y ellos sí aquí? No sé, creo que se está quitando mi derecho a la movilidad. Y lo peor es que no sé si se debe a medidas sanitarias o a polémicas políticas y guerras internas que ni nos enteramos de ellas».

Darío, encargado de otro bar, también esta en puntos suspensivos. Por la tarde, tenía sólo tres clientes, amigos, en un local muy amplio. Brasileño, piensa que «las personas no vienen por miedo» y cree, después de estar un mes ingresado por la Covid-19, «que más que en la medidas sanitarias esto es una merienda de negros entre la clase política». Él nota ese vacío porque muchos de sus clientes «brasileiros» no saben si pueden venir esta noche o no. De nuevo hay que jugar a la improvisación sin saber las cartas que se tienen para jugar esta partida.

¿Los paseantes? Bien, gracias. Muchos han cambiado sus hábitos: desde por la mañana hasta la diez de la noche pasean como si no sucediese nada. Con mascarilla sí y con andares dubitativos para no entrar en zona de riesgo con otro viandante. Pero siguen yendo a sus compras y a sus bares, eso sí, con horario europeo, no para cenar –aún hay que cruzar ese río–, pero sí para tomarse la caña y pedir raciones antes de hora, con cierto desagrado, salvo que emitan fútbol, y también con algo de desdén.

Algunos hablan de irse de puente, sin saber muy bien si pueden hacerlo. Los más atrevidos, al calor de amigos que lo único que van a hacer es jalearlos, les animan. El destino, parada y fonda, será en el pueblo, el de sus padres sin dejar de presumir que a lo mejor se quedan allí una temporadita aprovechando el teletrabajo. La mirada les delata lo que dicen sus palabras: si van, el martes estarán aquí porque hay contratiempos que hay que resolver: trámites administrativos, pagos que no esperan demora, el ERTE que no termina de llegar... Suelen estar con sus padres y abuelos que ven esta situación con un arraigo –ya que han vivido tanto–, con resignación y cierta incomodidad. Porque han vivido muchas situaciones, pero no tener que llevar una mascarilla que incluso se la ponen al revés. Les cuesta asimilar ir por la calle «con bozal, como unos perros». Pero siguen con sus trasiegos, esperando que la restricción pase para ver a sus hijos, sin saber que puede ser, que ya sea cosa del pasado.