Endofobia oclocrática, la rebelión de las masas

El diputado del Partido Popular en la Asamblea de Madrid, Carlos Díaz-Pache, analiza el desprecio a nuestra propia cultura que vivimos a manos de un “gobierno de la muchedumbre”

Me van a perdonar los lectores el título críptico de estas líneas, pero esas dos palabras describen, desgraciadamente, el modelo de país al que la izquierda del siglo XXI quiere llevar a España. La rabia y la indignación ante la crisis económica, y la mala gestión del Gobierno de Zapatero, llevaron a mucha gente a simpatizar con el movimiento 15M, que fue rápidamente utilizado por grupos antisistema como catalizador de sus fobias y ansias totalitarias.

Al grito de “no nos representan”, se inició un ataque a las instituciones del Estado que han propiciado que España viviese sus cuarenta años de mayor libertad, paz y prosperidad. Desde entonces, estos grupos organizados en asociaciones, entidades, círculos vecinales, partidos y federaciones de partidos, han cargado contra el poder ejecutivo, el legislativo, el judicial, y con especial dureza contra la corona, símbolo de la unidad y permanencia del Estado.

Demoler nuestro sistema de monarquía parlamentaria (“España no tiene Rey”, "no nos representan), supone sustituir la democracia liberal por una de sus degeneraciones: la oclocracia, el gobierno de la muchedumbre. Intentan hurtar al pueblo español de su capacidad para decidir sobre su futuro y entregarla a los grupos más combativos, más ruidosos y con mejores altavoces mediáticos. Sustituir la suma de individuos libres e iguales por una masa gritona de individuos vaciados de su propia historia y entregados a la lucha de derechos sin deberes.

Decía Ortega, hablando de las muchedumbres, que “ya no hay protagonistas: solo hay coro”. Pero el coro tiene un director, que en este caso trata de esconderse para fingir una espontaneidad de la que esta masa carece.

Y de la oclocracia como método pasamos a la endofobia como principio rector. El profundo desprecio a la identidad propia es el nexo común de estos grupos antitodo. Si España tiene una evidente tradición cristiana, el cristianismo se convierte en enemigo, y cualquier sustituto es válido, desde el ateísmo al Islam, al que incluso feministas reputadas saludan con argumentos acrobáticos.

Si la bandera representa a la Nación desde hace siglos, la bandera es un trapo que no vale. Si el castellano es un idioma global, debemos arrinconarlo allá donde podamos. Si los toros son una expresión cultural tradicional que identifica a España en todo el mundo, el movimiento antitaurino aparece raudo disfrazado de animalismo. Si la monarquía supone una conexión con nuestra historia, la monarquía debe caer. Si Cristobal Colón, Hernán Cortés, Juan Sebastián Elcano, los Reyes Católicos o Blas de Lezo protagonizaron algunas de las gestas que nos forjaron como pueblo, sus estatuas deben ser derribadas.

Si el patriotismo es el amor a la patria, el patriotismo es fascista. Por supuesto, solo el patriotismo español. El patriotismo catalán, vasco, conquense o ilicitano, no solo son legítimos, sino deseables. Lo que nos diferencie, bien. Lo que nos una, mal.

Con la endofobia se van horadando los cimientos de la Nación, y con la oclocracia, las instituciones que la sustentan. El plan está en marcha. La respuesta es responsabilidad de todos.