Los testigos de la agresión de Noelia de Mingo: «Atacaba al azar, a todo el que se acercaba»

El Molar lamenta el suceso que ha dejado a dos mujeres heridas por arma blanca: «Hace mucho que el pueblo comentaba que esto podía pasar»

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Unas horas después, podría parecer que en el lugar de los hechos vuelve a respirarse la calma habitual en una localidad de 9.000 habitantes, hasta que, allí donde la avenida de España se encuentra con la plaza del Paraíso, el bullicio despeja cualquier duda: cámaras de televisión y periodistas, vehículos de emergencia aparcados y un gato negro sorteando la cinta policial que serpentea por el suelo, casi como en una señal de confirmación de un mal presagio que muchos, dicen, venían advirtiendo años. «No sé cómo pueden dejar en libertad a alguien como ella, que ya había matado a tres personas en 2003, ¡hoy podría haber sido cualquiera!», lanza al aire todavía irritado uno de los testigos del suceso del que todo el mundo habla en El Molar.

Ibrahim, que así se llama el joven, se disponía a entrar con un amigo en el supermercado de siempre a eso de las 12:00 cuando, de pronto, una mujer saliendo a la carrera perseguida por otra armada con un cuchillo les hizo cambiar de planes. «Suerte que no habíamos llegado a entrar y que lo hemos podido ver todo desde la distancia, como una película: la gente encerrándose en la farmacia de enfrente, los gritos, el miedo…», continúa relatando este vecino especialmente impactado con el arresto de la agresora. «Ella ha ido a por uno de los policías, a darle en el pecho, a matarle, pero él consiguió esquivarla y, al final, entre dos, han podido golpearla en la mano con la porra y retenerla con la cabeza contra el suelo», sigue su amigo Adrián, que termina diciendo: «Hace mucho que el pueblo comentaba que esto podía pasar».

Desde un ángulo más privilegiado, Ricardo, un pensionista afincado en El Molar desde hace cuatro años, presenció la escena desde lo alto de su balcón: «Me he asomado y he visto a los agentes corriendo hacia ella; ha estado un rato dando puñaladas al aire hasta que la han cogido justo aquí debajo y se la han llevado en el coche patrulla». Sin dejar de señalar la habitación del Hostal Paraíso desde la que lo vio todo, Ricardo añade un detalle: «Había un chico, el único que se ha enfrentado a ella». Ese chico se llama Daniel, tiene 27 años y salía de un estanco en el momento de la huida de la primera víctima, la que se encuentra en estado más grave: «La señora se había caído cuando escapaba de la mujer con el cuchillo, así que he cruzado la calle para llamar su atención y distraerla; ella ha venido a por mí, porque atacaba al azar, a todo el que se le acercaba, y es cuando le he dicho a la que estaba herida que se refugiara en la farmacia», explica.

Y aunque nadie dice su nombre, todos sabían quién era Noelia de Mingo. «Estuve con ella este mismo sábado, le cedí mi silla en una terraza en la plaza y la vi fenomenal», asegura Pilar, quien la conoce desde bien joven, cuando era clienta de su antiguo videoclub. «Mi casa pega con la suya que, por cierto, es la mejor que hay en El Molar, un palacio, y la vi el domingo tomando el vermú con su hermano aquí mismo, en el bar que lleva su primo», cuenta Jesús señalando cada localización.

Sensibles a la enfermedad de Noelia, los dos coinciden a la hora de lamentar la situación de desamparo de la madre, una mujer viuda de más de 80 años a la que la localidad entera muestra un gran afecto: «Hay que entender que hacerse cargo de una persona así no es tarea fácil, menos para una persona mayor como es ella y, por eso, la culpa no es suya, sino de quien ha dejado salir a su hija del psiquiátrico después de lo que había pasado en la Jiménez Díaz», afirma contundente Pilar. Y Jesús piensa lo mismo: «Yo siento una compasión tremenda por la madre, que vive enterrada en vida».