Así es el colegio madrileño en el que conviven 38 nacionalidades

El CEIP Padre Coloma, donde la mitad de los alumnos son de origen extranjero, acoge este año a 13 niños refugiados de Ucrania

El CEIP Padre Coloma es un centro pequeño. Con sus apenas 300 alumnos, poco tiene que ver con los centros concertados que hay a su alrededor. Sin embargo, en cada uno de esos niños y niñas está representado el mundo entero. Es una muestra de integración, de unidad. Es el claro ejemplo de que más allá de la raza o el color de la piel, se puede hacer mucho para generar lazos de unión. Porque los alumnos del Padre Coloma solo son niños, pero han vivido muchas cosas. Y en sus compañeros encuentran esa mano amiga, esa mirada de empatía que siempre se necesita, pero, que tras haber atravesado situaciones de guerra, un cambio de país o la pérdida de familiares, se hace absolutamente vital.

La directora del centro, Carmen Pascual, va dando órdenes mientras camina por los pasillos a los alumnos que se cruzan. Hablar sin gritar, ponerse el uniforme correctamente… Mientras, una pequeña la escucha y, automáticamente, comienza a traducir lo que dice la directora a un pequeño grupo de niñas que la miran con atención. Aún no entienden el castellano del todo. Acaban de llegar. Son parte de esos 13 alumnos refugiados de Ucrania que han llegado al centro.

“En el Padre Coloma reunimos a alumnos de 38 países diferentes. Unos con condiciones mejores, otros peores”, dice la directora a LA RAZÓN. Eso sí, todos van uniformados “para que no haya diferencias”. “Tenemos alumnos de Argentina, de Venezuela, de Alemania, de Finlandia”, enumera, “además de italianos, portugueses, de Guinea, de Malawi, de Senegal… Incluso tenemos un alumno de Japón”. Sin embargo, Pascual reconoce que el recibir a estos alumnos refugiados de la guerra de Ucrania ha sido para ellos un pequeño tesoro. “Nos ha supuesto un aprendizaje total”, asegura, “pero nos ha beneficiado más a nosotros que a ellos, tanto al profesorado como a los demás alumnos y sus familias. Son niños que venían muy asustados, y ahora están absolutamente integrados, como todos los demás”.

En este sentido, la jefa de Estudios, Noemí Rodríguez, señala que si bien en el centro están “acostumbrados a que vengan niños de otros países, porque tenemos una alta tasa de alumnos de población migrante”, es cierto “que los niños que están llegando de Ucrania están viniendo en una situación un poco diferente”. Y es que estos pequeños –de los cuales ninguno de ellos supera los diez años– “traen la carga, algunos de ellos, de que sus padres se han quedado en el país, o algunos miembros de su familia no han podido salir, especialmente los abuelos”. Además, apunta, el proceso de adaptación es duro para las familias, y eso también lo notan los niños. “Hay otras familias que han venido con la Cruz Roja y están en un hotel hasta que se les encuentre una casa donde puedan estar”, explica. “Ellos quieren buscar trabajo, pero eso requiere de un papeleo previo, y los niños advierten toda esa inestabilidad. Pero es verdad que, en el colegio, como los niños están acostumbrados a ir recibiendo compañeros nuevos durante todo el curso, en seguida les acogen”, añade. De hecho, ya vivieron una situación similar con el gran número de alumnos venezolanos que han ido llegando en los últimos años.

Los niños, precisamente por esa costumbre de sus compañeros de tener siempre compañeros nuevos, en seguida se sienten acogidos, “pero ocurre lo mismo con los padres”, dice Rodríguez. “Algo que tenemos muy positivo es que los padres del colegio, sobre todo en el AMPA, tienen muy interiorizado ese sentimiento de cuando uno llega nuevo a un sitio y no conoce a nadie, por lo que son muy acogedores”, explica. Por ejemplo, “hace un tiempo llegó una madre venezolana que no conocía a nadie y en seguida un grupo de madres de su país se puso manos a la obra para ayudarla, acompañarla a hacer los trámites, comprar el uniforme… y eso mismo ha pasado con los ucranianos”. De hecho, en el colegio ya había familias ucranianas que estaban desde hace tiempo. “Todo esto empezó hace años, con la invasión del Donbás”. Ahora son ellos los que han ayudado a los recién llegados a integrarse, y “eso es lo que hace que seamos como una familia”.

“Las familias del colegio, en cuanto se les pidió ayuda por el número de alumnos ucranianos que empezaban a venir al colegio, respondieron a la primera”, confirma la directora. “A pesar de sus propias dificultades, que también las tienen, se volcaron de tal manera que no solamente consiguieron el dinero para poder comprarles los uniformes a los niños y que en ningún momento se sintieran diferentes a los demás, sino que, en todas las necesidades que pudieran tener colaboraron tanto las familias de modo particular como la asociación de padres de forma totalmente altruista”, añade.

Para la directora, el “secreto del éxito” de este colegio es, sobre todo, tener un claustro muy implicado con los niños, no solo a nivel curricular, sino con la formación en valores. “Vamos todos en la misma dirección”, afirma, aunque reconoce que “no es sencillo”. “Incluso el personal no docente está muy implicado con el proyecto educativo del colegio, lo conocen muy bien”, añade. Del mismo modo, las familias “están inmersas en este proyecto educativo, y eso nos facilita muchísimo las cosas”. De hecho, ahora, con la llegada de alumnos ucranianos, las propias familias se han volcado no solo con sus necesidades físicas, sino con sus necesidades sociales: de relación e interacción con los demás, incluso organizando diversas actividades.

Pero, además de las propias actividades que exige el currículum de los niños, en el CEIP Padre Coloma se ofertan otras actividades extraescolares, muchas de ellas totalmente gratuitas, que permiten la conciliación de la vida personal y laboral de las familias. “Intentamos que nuestro proyecto curricular sea exigente, porque al final es la manera que tienen estos niños de subir socialmente, pero también cubrir las necesidades personales de cada uno de nuestros 300 alumnos, de los cuales el 50% son extranjeros”, explica la directora.

“Nuestro colegio está rodeado de centros concertados con una amplia oferta educativa, y esos centros suelen llenarse de alumnos españoles, independientemente de que tengan también alumnos extranjeros, pero la proporción es muy diferente”, señala. “Entonces, nosotros tenemos la costumbre de recibir a estos alumnos, pero también tenemos medios para hacerlo, porque la Consejería de Educación nunca nos ha dejado solos”, afirma. “Nunca hay personal suficiente –bromea–, pero sí que el que tenemos nos ayuda mucho a cubrir la demanda de alumnado que tenemos”. En este sentido, Pascual señala que “algunas figuras que se han instaurado hace poco dentro de la Comunidad Educativa que se han demostrado que tienen valor, como es el caso de la que se ha instaurado este año en la Comunidad de Madrid: el profesor encargado de bienestar”, dice. “Al principio yo no le veía especial sentido, pero me he dado cuenta de que es importantísimo para la convivencia del alumnado. Incluso entre los mismos profesores el encargado de bienestar hace una labor estupenda, que es la de unir. Y, para los alumnos, gracias a su intervención no es que se hayan solucionado problemas, pero sí que estos no hayan llegado a mayores”.

Por otro lado, la directora incide en la importancia que tienen las actividades no curriculares pero que ayudan a los niños en su integración. “Como tenemos un traductor ucraniano que llegó a España en 2015, tras la invasión del Donbás, y que además es músico profesional, se nos ocurrió al equipo directivo que podíamos montar un coro, porque el idioma de la música es universal”, señala. “Nos parecía que era una manera muy buena de, a través de la música, compartir muchas vivencias, además de muchas horas de convivencia juntos en los ensayos”, añade. “También se ha demostrado que les ayuda a aprender español y a la vez a utilizar el inglés, que en Ucrania dominan bastante bien”. “Además, hemos descubierto voces estupendas”, subraya. “En realidad, nuestros alumnos, al ser de tantos países, cuando viene un niño nuevo consideran que es tan normal como el latir del corazón”, asegura Pascual. “No tienen ningún problema a la hora de aceptarlo. No miran nunca el color, el idima… eso sí, como ellos han estado en una situación similar, se vuelcan con él, y esto hace que media labor de integración nos la hagan los propios niños”. Y esto no solo cambia la vida de estos pequeños que llegan: también es esperanza para el futuro. Tanto, que Pascual se niega a jubilarse todavía, aunque podría hacerlo: “¿Para qué voy a estar en casa si esto me da la vida?”.

Integración en el aula
“Inicialmente cuando llegan al centro están en el aula de enlace, donde, principalmente, lo que intentamos es que comprendan el castellano”, explica la jefa de Estudios. “Por otro lado, hay asignaturas en las que no deberían salir, porque ayudan a que se integren con el resto de niños, como Plástica, Educación Física, Música… porque fomentan la comunicación”, apunta, “e incluso les animamos a que se queden a comer porque los niños en seguida cogen el idioma, y el estar con sus compañeros en otro contexto les ayuda mucho”.