«El reciclaje es un negocio redondo» y otros bulos

Creer que el reciclaje es un gran negocio o que no sirve para nada porque «no va a cambiar el mundo» es un error y debes saber por qué

La gestión de residuos en nuestro país, y en la mayoría de los países europeos, es uno de los ejemplos más existosos de colaboración público-privadaLa Razón

No hay duda de que el reciclado, la reutilización y prevención de generación de residuos son claves para combatir el agravamiento de la emergencia climática. Es un mensaje que llevan por bandera científicos de todo el mundo, organizaciones ecologistas, medios de comunicación, empresas, administraciones públicas, la mayor parte de los gobiernos europeos y hasta la propia ONU. Sin embargo, parte de la población considera, aún hoy, que las empresas reciclan para «blanquear su imagen» o ganar dinero a costa de las personas que separan sus residuos. Nada más lejos de la realidad.

La gestión de los residuos en nuestro país, y en la mayoría de los estados de Europa, es uno de los ejemplos más exitosos de colaboración público-privada del mundo. En este modelo, el reciclaje no es una herramienta publicitaria; es una obligación legal. La Ley de Envases 11/1997 establece que cada empresa que pone un producto envasado en el mercado tiene que asumir el coste derivado de su reciclaje. Esta es la razón por la que vemos un Punto Verde (círculo verde con dos flechas) en la mayoría de los envases: se trata de un símbolo que garantiza que esta empresa cumple la legislación y paga el reciclado de ese envase.

Lo mismo ocurre con las empresas que ponen otros tipos de residuos en el mercado, como neumáticos (los productores tienen la obligación de encargarse del reciclado de los que están fuera de uso desde el año 2005), medicamentos o aparatos electrónicos. Por lo tanto, no es un lavado de cara... reciclar es su deber.

Las organizaciones ambientales encargadas de coordinar el reciclaje de todos estos residuos en nuestro país, como pueden ser Ecoembes (en el caso de los envases de los contenedores amarillo y azul), Ecovidrio (en el de los residuos del contenedor verde) o Sigre (medicamentos), se ajustan, además, a otra particularidad legal: no pueden tener lucro. Así lo indica la misma Ley de 1997.

A partir de aquí, hay quienes se preguntan: «Entonces, ¿dónde ¿dónde va el dinero que las empresas pagan?» Fácil. Las empresas, a través del Punto Verde, cubren el coste que el reciclaje de estos residuos le cuesta a los ayuntamientos españoles: la instalación de los contenedores en las localidades, los sueldos de los operarios de recogidas, los camiones de transporte, el tratamiento de los residuos en las plantas de selección, las campañas de sensibilización ciudadana, etcétera.

El reciclaje, por los recursos y la infraestructura que requiere, conlleva una actividad industrial. Eso es inevitable. Pero no tiene por qué significar algo negativo, ya que el tratamiento de residuos genera empleo (más de 140.000 personas trabajaban en el sector del reciclaje en nuestro país el año pasado, según la Funtienen dación Fórum Ambiental) y fomenta la innovación. Eso, sin olvidar el beneficio ambiental que se traduce de dar una segunda vida a residuos como los envases: el ahorro de agua, energía y materias primas y la reducción del CO2 emitido a la atmósfera.

«YO SOLO NO CAMBIO NADA»

Cualquiera puede haber pensado, alguna vez, «que yo recicle no va a salvar el mundo». Pero esto no es cierto. La preocupación de la sociedad por proteger el entorno en el que vivimos es cada vez mayor y, año tras año, son más los españoles que pasan a la acción para demostrar que otro futuro para el planeta es posible. El reciclaje, en este sentido, se consolida como la práctica medioambiental más extendida entre los hogares, por encima de otras como la reducción del uso de las bolsas de plástico y el ahorro energético.

Tanto es así que, solo en 2019, los españoles depositaron en los contenedores amarillos y azules un 8,1% más de envases con respecto al año anterior, según los últimos datos publicados por Ecoembes. Este crecimiento, al contrario de lo que se pueda llegar a creer, no va vinculado al aumento del consumo en los hogares, que se incrementó en un 1,1% según el INE, sino que es resultado de que la ciudadanía, en gran medida, ha interiorizado el hábito de reciclar y ve en este una herramienta para hacer frente al cambio climático.

El ciclo del reciclaje comienza en la mente de una persona y, al final, es la suma de pequeños gestos lo que se convierte en «gesta». Así lo demuestran las 1.505.661 toneladas de envases de plástico, latas, briks, y de papel y cartón que los españoles reciclaron durante el año pasado. Este hecho evitó la emisión de 1,67 millones de toneladas de CO2, el equivalente a la totalidad de lo que expulsan las centrales de carbón en nuestro país durante dos meses. Además, se ahorraron 20,74 millones de m3 de agua, 6,36 millones de Mwh de energía y 1,5 millones de toneladas de materias primas.

Al reciclar, ganamos todos: convertimos nuestros residuos en recursos (esta es la esencia de la economía circular y sostenible hacia la que Europa camina), protegemos el medio ambiente, evitamos la extracción de materias primas, ahorramos agua y energía e impulsamos la creación de empleo. No hay excusa que valga.