Opinión

Decadencia sin imperios

Tal vez sea oportuna una confesión inicial que remite a mis años estudiantiles: tuve la fortuna de asistir en dos cursos académicos a las clases magistrales que impartía Jaume Vicens Vives en la Universidad de Barcelona, en un reducido despacho en el que apenas cabían veinte personas, en el extremo de la entonces excelente biblioteca de historia, alimentada por los intercambios de la revista «Índice Histórico Español», en la que acabé colaborando. La personalidad de Vicens-Vives, que andaba entonces propagando la buena nueva de la historia social, sin desdeñar la de las mentalidades, me llevaría más lejos de lo que puedo permitirme. Pero las ideas de Oswald Spengler, el autor de «La decadencia de Occidente», flotaban ya entonces como objeto de crítica. Descubrió el acertado título de su obra en 1912, según confiesa, y la escribió entre 1915 y 1917. El primer grueso volumen vio la luz en julio de 1918. Cuatro años más tarde había vendido en Alemania 53.000 ejemplares y, cuando publicó el segundo, ya en 1922, se imprimieron 50.000. El subtítulo «Morfología de la historia universal» ya indica que trataba de una interpretación de la historia y la nota final del prólogo a la primera edición –«El deseo de que este libro no desmerezca por completo de los esfuerzos militares de Alemania»– está fechado en diciembre de 1917 en Munich, ciudad en la que años después el austríaco Adolf Hitler pondría en pie su «nacionalsocialismo», inspirado en parte en sus ideas. Las citas iniciales de Goethe y Nietzsche constituyen los senderos intelectuales de referencia. Ortega y Gasset, atento siempre a las novedades de la cultura alemana del pasado siglo, señalaba en una breve introducción a la traducción española de García Morente, que era «el sujeto, el protagonista de todo proceso histórico» combatiendo así la historia marxista que estaba propagándose.

La Unión Europea no nació con vocación de imperio, aunque la Gran Bretaña contemplara el desmoronamiento del suyo tras la II Guerra, ni como fruto de nostalgias, sino para utilizar la economía –el dinero resulta transversal– para solucionar el problema secular de las guerras europeas, ancladas en agresivos nacionalismos. Alemania, que acaba de confirmar la estabilidad política con la renovación de Angela Merkel en otra coalición en la que los socialdemócratas tienen mucho que perder, se exhibirá en el gallinero de la Unión. Tiene a su vera, como Italia –siempre ingobernable– las orejas enhiestas de una extrema derecha belicosa, antiunionista y xenófoba, como la oposición a Macron. Spengler, ya a finales de los cincuenta del pasado siglo, era considerado una reliquia del pensamiento conservador y el preludio de los totalitarismos. Aludía a la tan prolongada decadencia de Occidente –y el lema lo hemos visto repetido por doquier–, pero la entendía como «fenómeno limitado en lugar y tiempo». No sé si a estas alturas, vista la problemática situación de esta Europa, que parte de los europeos desdeña hasta con furia, cabría en su concepto de las nueve culturas. Una observación sobre la actual China, Japón u otros países asiáticos tal vez le hubiera llevado a reflexiones aún más melancólicas.

Lamentablemente en nuestro país no existen ahora ojeadores del proceso cultural del nivel de Ortega. Tampoco el pensamiento alemán es tan decisivo. Se han cumplido, sin embargo, sus expectativas sobre la ciencia, que se aceleró a lo largo del siglo pasado, siglo de siglas, según el olvidado Dámaso Alonso. Admirados por nuestro propio ombligo, estamos obviando las decadencias que nos rodean. La dialéctica entre conservadores y progresistas, derechas e izquierdas, va perdiendo sentido. Hemos atravesado el umbral del pensamiento casi único y los partidos políticos pierden su valor instrumental, carentes de eficacia y buena administración. Aquel grito juvenil del «No nos representan» se ha convertido en un lamento perdido entre las nieblas de formaciones que se proclaman nuevas cuando nacen viejas. El feminismo resulta ahora el único proceso transversal y renovador, pero no ha llegado ni a mitad del camino. Y los pensionistas irritados no constituyen alternativas, solo rabia. Flota en el ambiente un pesimismo que podría definirse como otra sensación de decadencia, la que fluye casi desde el imperio romano. La estamos interiorizando y no cabe entenderla nueva u original. El mundo tecnológico atraviesa esta desconfianza generalizada en cuyas fronteras podemos advertir una alarmante cultura destructiva, desde una Italia en aparente descomposición territorial al tradicional dúo político alemán, la Cataluña irredenta, la Gran Bretaña del Brexit, el aislacionismo de Trump, la derechización de Polonia, Austria y otros enclaves europeos: una Unión desunida y la socialdemocracia, la izquierda razonable –antes alternativa–, sin programa, a remolque del centroderecha envenenada por la última crisis: una vez más la decadencia de Occidente está sobre la mesa.