Historia de la peste
foto-autor

Mikel Arteta, politólogo, pero de los buenos, de los que incorpora las aportaciones científicas y no conoce más cultura que la tercera, ha publicado en Frontera D una panorámica del golpe que establece los antecedentes de lo ocurrido en Cataluña. La historia arranca con el ascenso de un sinvergüenza, Pujol, y la capitulación de los poderes del Estado, desde el silenciamiento de Banca Catalana a los premios que recibía en Madrid. «Somos una nación, somos un pueblo, y con un pueblo no se juega», repetía, mientras Arteta diagnostica un caso de «moralización de la política basada en un supremacismo catalanista». En cualquier otro semejantes declaraciones le valdrían la calificación de fascista, racista y etc. No en España, donde las causas tribales gozan de la entusiasta aprobación de un progresismo «mainstream» con los puntos cardinales invertidos. Cómo explicar, si no, que pasara por moderado quien sostiene que «Hemos de vigilar [el mestizaje], porque hay gente en Cataluña que lo quiere, y ello será el final de Cataluña» (conferencia en la Universitat Catalana d’Estiu, agosto, 2004). Estamos ante un proceso de ingeniería social. Arteta recuerda que «el gobierno nacionalista de Cataluña se ha pasado 30 años construyendo nación catalana, como muestra un documento interno de CIU, que la prensa filtró». Según el «Periódico de Catalunya», octubre, 1990, circulaba por las «Consellerias de la Generalitat así como en las altas esferas de Convergència y Uniò, atribuido oficialmente a las máximas alturas y que incluye un abanico de propuestas para conseguir la nacionalización de Catalunya». Ahí leemos que «solo avanzan los pueblos jóvenes. Es necesario concienciar a nuestro pueblo de la necesidad de tener más hijos para garantizar nuestra personalidad colectiva». También apuesta por fomentar las «fiestas populares, tradiciones, costumbres y trasfondo mítico». Y el control de la educación, la colonización de los medios, la propagación del temor de los funcionarios no afines... Con semejante abono germinaban divinamente los lamentos habituales: «Madrid ens roba», grita un cartel de ERC. «L´Espanya subsidiada viu a costa de la catalunya productiva», añade CIU. Si esto no es merca supremacista comparen con Salvini. Que los titulares españoles de hoy no les engañen respecto a la naturaleza de un ataque contra la legitimidad del sistema y los cimientos de la democracia española. Para neutralizarlo no basta con los parches de rigor. «El Estado, su administración, deberá desembarcar definitivamente en Cataluña», escribe Arteta.