“La ópera bufa en las Cortes”

La realidad demuestra, desgraciadamente, la comicidad del artículo 67.2, porque el líder y el portavoz, en su nombre, son lo más parecido a un Zeus iracundo

Ni siquiera es un teatro. Es simplemente un pretencioso teatrillo de provincias. Lejos quedan los tiempos de la Restauración o la Transición cuando el hemiciclo vibraba con las intervenciones de grandes oradores. No existía esa perniciosa costumbre de leer los textos. Los escaños estaban llenos de figuras señeras de la vida académica, jurídica, literaria y económica. No se había instalado esa deleznable partitocracia que convierte a los diputados y senadores en marionetas de los aparatos de los partidos. Hace unos meses, Beatriz y Chicha, dos buenas amigas y profesoras de la UNED, me invitaron a dar una conferencia en el centro asociado en Mérida y elegí el tema del poder militar en el período isabelino. Estuve estudiando las trayectorias de sus ministros, diputados y senadores. He de reconocer, con todos los matices que se quiera, mi añoranza por el nivel de entonces. Los políticos vencían en sus circunscripciones, es cierto que con un sufragio restringido y había caciquismo, pero, a pesar de todo, tenían formación, experiencia e independencia.

Por eso, el debate de la quinta petición de prórroga del estado de alarma, ya se sabe que los políticos convierten lo provisional en permanente si se les da una oportunidad, fue una ópera bufa y no, como vimos, de mucha calidad. Los napolitanos eran amantes de la ópera, pero les aburrían los argumentos basados en la historia antigua y así nació este género más ligero, divertido y popular. Es lo que ha sucedido en nuestras queridas Cortes Generales. ¿Por qué elevar el nivel de los debates? Menuda tontería si de lo que se trata es de favorecer el frentismo o la sumisión. En estos tiempos no se necesitan méritos especiales, aunque algunos los tengan, para que alguien siente sus reales en las Cortes. La han convertido en el territorio del cortoplacismo más zafio y ramplón. El omnipotente poder de los líderes y el aparato de los partidos hacen que sean meras marionetas carentes de voluntad. El sistema electoral es una catástrofe, porque el escaño depende, precisamente, del partido, aunque la Constitución diga, ampulosamente, que «los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo». La realidad demuestra, desgraciadamente, la comicidad del artículo 67.2, porque el líder y el portavoz, en su nombre, son lo más parecido a un Zeus iracundo cuando algún ingenuo pretende mostrar un atisbo de independencia o discrepancia. Y Júpiter Sánchez ha conseguido su quinta prórroga.