El misterio de los colchones de la vida y la muerte

Pienso que abandonarlos, quizá, sea un pequeño funeral y que es un gesto que también entraña dolor, el mismo que se siente cuando se vacía el armario de alguien que ya no está

Alejandro OleaLa Razón

La pandemia del Coronavirus nos ha dejado miles de escenas crueles y misteriosas. Y hasta alguna bonita. Mitos, leyendas, fantasías y casi ninguna certeza que no han hecho sino acrecentar la sensación de irrealidad y de caverna platónica en la que hemos vivido. No podemos creer nada ni a nadie. Todo parece mentira o una ilusión y en ocasiones leo conspiraciones. Salgo por la calle y aprecio síntomas en las aceras, en las caras de la gente, en las noticias de televisión. Síntomas de la curva, de incivismo, de idiocia. Pero es que pasan cosas muy raras. Solo en Madrid, los servicios del Ayuntamiento han recogido 17.363 colchones en los últimos tres meses. Casi 200 al día, lo que supone un crecimiento exponencial sobre cualquier estadística. No hay razón para que las cifras sean mentira, pero es que además cualquiera ha podido comprobarlo con pasear de vez en cuando por la ciudad.

Me encuentro con un vecino: «¿Usted sabe por qué hay tantos tirados por todas partes?», le pregunto. «¿Por qué va a ser? –me contesta–. Cuando te compras un colchón, te retiran el viejo. Pero si lo tiran a la basura es porque ya nadie va a usarlo o está contaminado. Es alguien que ya no lo va a necesitar». La imagen me golpea. Los colchones quedan en la calle, usados y decrépitos, como testigos de las ausencias ahora que parece que volvemos a la realidad. Tanto el servicio municipal de recogida de muebles y como los puntos limpios de la capital quedaron en suspenso durante la emergencia sanitaria y por eso los están abandonando en la calle. Es incívico, sí, es una guarrería y es peligroso. Pero si uno no se ha podido despedir de una persona querida, si se ha tragado ese dolor a golpe de saliva, ¿cómo le va a importar lo más mínimo el destino de un colchón?

Pienso que abandonarlos, quizá, sea un pequeño funeral y que es un gesto que también entraña dolor, el mismo que se siente cuando se vacía el armario de alguien que ya no está. Quizá, pienso, sea lo más parecido que mucha gente ha tenido durante las semanas pasadas a esparcir unas cenizas, a poner unas flores en una lápida. Los colchones sin la mortaja de la sábana quedan desnudos, con el surco de nuestro peso impreso, las manchas de nuestra biología y, en resumen, con la huella del espíritu que se ha ido a otra parte. Y quedan varados en la calle como fantasmas, derrumbados en el suelo, escalados por perros. Pero luego me doy cuenta de que mi vecino siempre ha sido un poco cenizo y además las cifras no cuadran: en Madrid han muerto 8.691 personas y muchas de ellas vivían en residencias. ¿Es ésta una prueba de la gran conspiración de datos que no encajan? ¿El confinamiento ha despertado un ansia de renovación del catre? Un momento, ¿qué demonios han estado haciendo los madrileños sobre el colchón mientras el mundo se terminaba? ¿es eso que estoy pensando? ¿ha habido una actividad febril y enfermiza movida por el Eros más que por el Tánatos? Quizá en nueve meses haya nuevas estadísticas.