El virus sigue muy vivo

Entramos en la «nueva normalidad» y, apenas un mes después, muchas zonas de España vuelven a entrar en la Fase 1, cuando no directamente al aislamiento. Era previsible, y así se anunció, pero se suponía que existiría un plan claro de prevención. Cada comunidad ha actuado como ha considerado, en cada territorio se ha regulado el ocio nocturno siguiendo patrones «culturalistas» peculiares y el uso de las mascarillas y la búsqueda de rastreadores se ha solventado como se ha creído. El Gobierno ha creado un secretaría de Estado para coordinar a las Comunidades Autónomas, una decisión acertada pero tomada demasiado tarde, cuando se ha constatado que el rebrote es evidente y que los límites administrativos no marcan fronteras reales. Ayer, se produjeron 1.772 nuevos casos, sólo en 24 horas, una cifra que está lejos de los 9.159 del 26 de marzo, el punto más alto, aunque también es cierto que el verano se inició con 232 (22 de junio). Y un dato especialmente preocupante que abona la tendencia de que estamos entrando en un escenario no previsto: del total de 127.670 personas que han sido hospitalizadas por coronavirus, 636 ha sido en los últimos días. Al margen de la persistencia de los contagios en personas jóvenes, lo que nos da un panorama con connotaciones sociológicas muy específicas y de difícil control, en el que no hay un criterio común: sin restringir el ocio nocturno, cerrar locales o limitar horarios. En todo caso existe una pueril falta de responsabilidad personal y cívica.

Los epidemiólogos prestan especial atención en la evolución a un dato constatado en las últimas dos semanas: España tiene 72,23 contagios por cada 100.000 habitantes, quintuplicando a Gran Bretaña (14,9) o superando por 13 a Italia (5,6). Los especialistas todavía no saben a qué se debe esta evolución, ni el Ministerio de Sanidad y su portavoz, Fernando Simón, se aventuras a interpretarlo. El 30 de julio se habían realizado más de 4,6 millones de PCR, medida básica para controlar los actuales 680 brotes detectados, a pesar de estar en un 77% de la media europea –después de que la OCDE corrigiera a la baja sus datos de abril– y aunque en este tipo de pruebas lo importante es la continuidad y, sobre todo, el seguimiento. En este hecho podría estar una de las explicaciones para este aumento: en la búsqueda de contagios y detectar la transmisión comunitaria. Este es el caso ahora de Aranda del Duero, algunas zonas de Aragón, de Lérida e incluso del País Vasco, que teme un aumento debido a su tradicional ocio nocturno. En lo que se refiere a la respuesta sanitaria, centros de salud y hospitales vuelven a tener riesgo de saturación, especialmente en Aragón, con 614 nuevos contagios, Madrid (539) y Cataluña (146). De momento, ha recaído en la asistencia primaria, que se situó en primera línea para detectar casos para no ser derivados a las urgencias hospitalarias.

El primer brote ya puso en evidencia que era necesario que el personal sanitario contara con medios suficientes de protección. La cifra está ahí: uno de cada cinco contagiados por coronavirus en España es un trabajador sanitario, la cifra más alta de Europa. Sería imperdonable, y debería haber responsabilidades políticas, si en las residencias volviese a haber una epidemia descontrolada como la que acabó con la vida de 18.883 personas –según los datos facilitados por el Ministerio de Santidad–, y aunque llega muy tarde la creación de un único registro de contagios en estos centros, puede ser útil una método común para contabilizar infectados, pero lo importante es remediarlo. La nueva normalidad entró en vigor el 25 de junio, el Gobierno ha estado más preocupado por la imagen y el efecto que esta crisis podría causarle, pero todavía está dando muestras de improvisación El desastre económico ya lo estamos viendo y era previsible, ahora es necesario que se anteponga la prevención del rebrote a cualquier veleidad del marketing político.