Nigromantes

Los miembros del actual gobierno se han convertido en una especie de nigromantes, con ese trasiego de muertos que se traen entre manos, con el que andan muy entretenidos y con el que pretenden distraer a la población de los problemas sanitarios, económicos y hasta políticos que nos acucian. Es muy práctico tener a mano un asunto con el que cambiar de conversación; es una práctica muy masculina, por cierto, que ahora ponen también en marcha esta turba de feministas empoderadas que asola nuestro penoso panorama patrio.

Esta movida mortuoria no conduce a nada y levanta las heridas y los rencores del pasado. Un cuñado mío, hijo de notario, vecino de la madrileña calle de Serrano, sobrevivió a un registro del bando republicano, allá por el año 1939, porque tuvo la astucia, siendo muy pequeñito, de esconderse en un armario empotrado, subido a un estante y entremezclándose con las ropas que allí reposaban mientras los milicianos se llevaban a su padre y a sus cuatro hermanos mayores, bastante más mayores que él ya que fue hijo tardío. De ellos nunca más volvió a saber. Su familia nunca tuvo conocimiento de su destino, aunque es de suponer que bueno no fue. Ahora están levantando los muertos del otro bando pero no desentierran los del holocausto de Paracuellos, para identificar, al menos, a alguno. Los ajustes de cuentas nunca sirvieron para nada y la nigromancia que está ejerciendo Sánchez para encubrir el drama de la economía española y la situación sanitaria, que va a peor, no traerá nada positivo. Si no, al tiempo. Del pasado no debemos rescatar lo malo, para evitar deseos de venganza, y lo mismo vale para unos que para otros, no nos confundamos, porque aquí no hay ni mejores ni peores. En este día de lluvia, esa lluvia intensa que arruina las rosas que todavía brotan en los jardines, considero que del pasado solo se puede rescatar lo bello y no lo infame, como pretende la cuadrilla que puebla el edificio de la Carrera de San Jerónimo.

Por cierto, y para cambiar de tema, se recomienda dejar de hacer el ridículo y absurdo saludo con el codo, porque también puede ser objeto de transmisión de virus, ya que usamos la parte interna del mismo para paliar la aspersión de salivas, mocos y demás fluidos de los estornudos. Mucho mejor utilizar el lenguaje de los ojos, expresar con la mirada la alegría o la cordialidad del saludo. Un gesto puede valer mucho más que mil toqueteos, sobre todo a personas que detestan, por principio, ser tocadas y mucho más en estos momentos de riesgo de infección, ya que si antes daba asco, ahora mucho más. Copiemos de los japoneses y saludémonos con una leve inclinación al menos a dos metros de la otra persona. Higiene y distancia es la mejor medida y no como antes, que te dejaban las babas en el rostro, o te arrimaban el beso a la comisura de la boca…. O te metían la lengua hasta la garganta, como ha denunciado veintitantos años más tarde una tal Amy Dorris, que acusa al Presidente Trump de semejante efusivo saludo. Ahora, querida amiga, ya no viene a cuento. Esas cosas se resuelven en el instante con una buena bofetada o llamando a un guardia, a no ser que quieras restar algún voto al candidato en la actual campaña.

Y así, poco a poco, con el rumor de las tormentas –climáticas y políticas-, de fondo terminamos la semana. Una semana que desemboca en el cambio de estación. Que nos lleva al otoño, aunque no queramos. Pero el paso del tiempo es así, cada vez más precipitado, cada vez más notorio y más tangible.