Los países extintos y las historias que no fueron

Al igual que las relaciones amorosas, las naciones surgen y pueden vivir momentos de esplendor o convertirse en un auténtico tormento

Los españoles tenemos ahora tantas restricciones para salir al extranjero y se nos echa encima la alargada sombra de un confinamiento y una terrible recesión económica. Tal vez sea momento de rememorar aventuras a través de las fotografías, viajar a otros mundos gracias a la literatura y el cine o explorar nuevos lugares en las coloridas páginas de los Atlas.

Como todos, no soy consciente de la gran labor que hizo Gerardus Mercator en el siglo XVI por la Geografía y el bien común. En una vida pasada, me hubiera gustado ser este cartógrafo de Flandes o cualquiera de los exploradores que se lanzaban a una odisea sin conocer siquiera el nombre, los límites, las etnias, o las tradiciones de un país.

Es más, cuando vi la maravillosa película «El hombre que pudo reinar» tuve claro que si hubiera nacido en el siglo XIX mi amiga Celia y yo encarnaríamos a Danny Dravot y Peachy Carnehan a la perfección. No tenemos impulsos colonizadores, mucho menos en pleno 2020, pero sí de descubrir. Con nuestro acento británico, buscaríamos la gloria en Kafiristán y nuestra vida sería una eterna aventura, una amistad imperecedera que mereciera estar en las páginas del «Daily Star» y en las novelas de Kipling.

Pero hoy no sería el deshielo de las montañas al norte de India sino el resultado de una PCR que no llega o un visado especial de trabajo lo que nos impediría llegar hasta los lugares más remotos.

Coincidiendo con la melancolía por no poder viajar, se ha publicado este mes un libro sobre las naciones que han desaparecido. Como decía Mercator, «los mapas son los ojos de la historia» y «An Atlas of Extinct Countries» es un buen ejemplo de ello. Gideon Defoe hace un visual repaso geográfico e histórico a lo que pudo ser y no fue. Quilombo dos Palmares, un nombre que bien podría definir mi mesa de «teletrabajo», es un símbolo para los esclavos (de Brasil) que luchaban por su libertad en el siglo XVII.

Las Islas del refrigerio o el Reino celestial de la gran paz, no son los títulos que pusiste a tus vacaciones, sino estados verídicos que se extinguieron. Al igual que las relaciones amorosas, las naciones surgen y pueden vivir momentos de esplendor o convertirse en un auténtico tormento. Pueden perecer si no se les dedica respeto, tiempo y dinero. Otras están abocadas al fracaso desde el principio. Y, en demasiadas ocasiones, es una tercera persona la que logra una reconquista.

Otro estado extinto que recoge el libro de Defoe es Neutral Moresnet. Una nación que en los mapas de la época tenía forma de cuña de queso. Con una mina de zinc y sin ejército, durante casi 100 años este minúsculo país llegó a imponer el esperanto como lengua oficial. Una pequeña utopía hasta que tras la Primera Guerra Mundial pasó a manos de Bélgica en 1920. Por lo menos, Neutral Moresnet quedó cartografiado, peor sería no haberlo intentado.