La batalla de Madrid

Para la izquierda supuso una enorme frustración que Carmena perdiese la alcaldía y no poder asaltar la Puerta del Sol mientras estaba al frente del poder nacional

Es fácil encontrar a vecinos de Madrid nacidos en Madrid. Un Obvio. No es tan sencillo encontrar a tantos vecinos de Madrid con padre, madre, abuelos y abuelas nacidos todos ellos en Madrid. Parafraseando el título de las famosas películas de vascos y catalanes, no hay muchos madrileños con ocho apellidos madrileños, si es que tal cosa (apellidos solo madrileños) existiera.

Madrid no es, formalmente, un distrito federal, como sí lo es la ciudad de México. Pero, dado que la capital española es un potente foco de atracción magnética para el resto del país, no sería extraño que, remedando a México D.F., a alguien se le hubiera ocurrido cambiar el nombre de Madrid por el de España D.F. Madrid es el epicentro de la nación en todos los sentidos, incluido el sentido sísmico-político, que no es el menos importante porque todas las disputas se administran en el campo de batalla madrileño.

Cuando las bombas del bando nacional caían sobre las calles de la capital en noviembre de 1936 y los milicianos republicanos gritaban «¡no pasarán!», Antonio Machado escribió: «Madrid, Madrid, ¡qué bien tu nombre suena / rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas». Hoy, por las entrañas de Madrid, a falta de plomo, circulan el virus que llena hospitales y cementerios, y el virus que provoca un intenso y alarmante resentimiento político. Y no hay sonrisa posible, don Antonio.

El madrileño rompeolas machadiano es hoy una comunidad autónoma sin otro sentimiento nacional que el español, donde ni siquiera ha anidado el regionalismo, compuesta por cerca de siete millones de ciudadanos procedentes de todos los rincones de España, a la que vienen continuamente, para quedarse o solo de paso, otros muchos millones de españoles, y que se ha convertido en un tesoro político muy preciado: es la Numancia del PP, sitiada por las legiones romanas de la izquierda dirigidas desde Moncloa, y cuyo asedio infructuoso acumula ya un largo recorrido de un cuarto de siglo.

Ganar la alcaldía de la capital en 2015 con Manuela Carmena, perderla en las siguientes elecciones de 2019 y quedar otra vez en minoría en la Asamblea madrileña supuso una enorme frustración para los dos partidos que hoy gobiernan el país, y que se encontraron con un fiasco inesperado cuando confiaban en hacer triplete: mantener el poder municipal en Cibeles, asaltar el despacho del poder autonómico en la Puerta del Sol y seguir al frente del poder nacional en Moncloa. Al final, uno de tres: Moncloa, controlada por la izquierda y la extrema izquierda, mientras la aritmética electoral entregó Sol y Cibeles al centro derecha, con el apoyo de la extrema derecha (nótese la inquietante influencia de ambos extremos en nuestros días).

Hace más de un siglo, el dictador mexicano Porfirio Díaz mostraba su patriótica melancolía cuando, frustrado por las dificultades de relación con su vecino del norte, dejó para la historia una frase muy repetida desde entonces: «Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos». Muchos años después, el que fuera presidente socialista de Madrid Joaquín Leguina se apropió de la cita, adaptándola a las repetidas batallas internas del PSOE madrileño con su dirección federal: «Pobre Partido Socialista de Madrid, tan lejos de la democracia y tan cerca de Ferraz». Hoy podríamos transfigurar esa muestra de abatimiento: «Pobre Madrid, tan lejos de la calma y tan cerca de la Carrera de San Jerónimo».

Las batallas políticas que se desarrollan en el Parlamento de la nación se trasladan, como si se activara un mecanismo automático, a la política madrileña. Los problemas que surgen en otros territorios irradian a Madrid, como si la capital fuese la excusa que todo lo resuelve. Y el Gobierno regional se considera a sí mismo partícipe del campo de juego nacional, dejándose utilizar o proponiéndose con entusiasmo nunca disimulado, como ariete de la oposición contra el Gobierno central, o como ariete del Gobierno central contra la oposición. Se gustan por encima de sus posibilidades.

Madrid es, en palabras inflamadas del presidente de Castilla-La Mancha, una «bomba radiactiva vírica», lo que, en el pensamiento de Emiliano García-Page, rebajaría su responsabilidad por los malos datos epidemiológicos de su propia comunidad. Ximo Puig, presidente valenciano, justifica las debilidades económicas de su territorio por el «efecto aspiradora», el «procés invisible» y el «dumping fiscal injusto» de Madrid. El andaluz Juan Manuel Moreno y el castellano leonés Alfonso Fernández Mañueco se unen al catalán Joaquim Torra en su afán por someter a controles exhaustivos a los viajeros madrileños. ¡Qué sería de los españoles si no tuviéramos a Madrid para echarle la culpa!

Don Ramón Gómez de la Serna ya lo explicó con su estilo tan particular: «Madrid es tener un gabán que abriga mucho».