Oriente Medio avanza, Europa se queda atrás

«Los Acuerdos de Abraham revelan una dinámica de la que los europeos están ausentes»

La firma en la Casa Blanca de la histórica normalización de relaciones entre Israel, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos ha sido la expresión más evidente de un dinamismo político en Oriente Medio que la Unión Europea se niega todavía a aceptar. Y el problema no es de estos días: si bien los Acuerdos de Abraham han supuesto un éxito diplomático indiscutible para el presidente Trump a pocas semanas de unas elecciones muy reñidas, las dinámicas geopolíticas que han hecho posible lo impensable comenzaron a gestarse hace ya años.

La invasión estadounidense de Irak en 2003 alteró fundamentalmente el frágil equilibrio que existía en la región. Con la caída de Saddam Hussein, Irán aprovechó la oportunidad de atraer a Irak a su órbita, gracias al peso demográfico de sus correligionarios chiíes en el país. Al mismo tiempo, salían a la luz los planes del régimen iraní de hacerse con un arsenal nuclear, y las monarquías árabes suníes contemplaron aterradas el surgimiento de un Creciente Chií que se extendía desde el Golfo Pérsico hasta los barrios de Beirut controlados por el grupo terrorista Hezbolá, pasando por Irak y la Siria de Bashar al-Ásad.

La gota que colmó la paciencia en los palacios árabes fue la firma, en 2015, del acuerdo nuclear con los ayatolás, auspiciado por el presidente Obama, así como su decisión de reorientar estratégicamente las fuerzas estadounidenses hacia el Pacífico para contrarrestar el auge de China. Sintiéndose traicionados, y ante el temor de enfrentarse solos a Irán, los monarcas suníes dirigieron la mirada al único país que había plantado cara con éxito a Teherán durante décadas: Israel.

La cooperación, al principio soterrada y cada vez más evidente, no se debió sólo a compartir un enemigo común, Irán. Las nuevas generaciones de líderes árabes en el Golfo se identifican menos que sus padres con las rivalidades del pasado, y sienten una genuina admiración por el éxito económico y tecnológico de Israel, que buscan replicar en sus territorios. En este contexto, en un momento en el que Trump está necesitado de éxitos diplomáticos, y ante la posibilidad de una victoria del ticket Biden-Harris el próximo 3 de noviembre, Benjamín Netanyahu y los monarcas árabes adelantaron una normalización que condicionará a la próxima administración estadounidense, gane quien gane las elecciones.

Oriente Medio avanza y el tablero geopolítico se reorganiza. Pero en una región esencial para la estabilidad mundial, la Unión Europea, que aspira a ser un actor internacional, ha brillado por su ausencia. Durante mucho tiempo la posición de Bruselas y las capitales europeas ante el conflicto israelí-palestino ha oscilado entre la pasividad y la reacción. Y en las escasas ocasiones en las que la UE ha tomado la iniciativa, sólo ha conseguido irritar a Israel. La insistencia europea en la solución de los dos Estados y las fronteras de 1967 enmascara, tras un lenguaje legalista, la ausencia de ideas sobre cómo hacer avanzar el proceso de paz.

Este bloqueo ha llevado a que los Estados Miembro prefieran la vía bilateral en sus relaciones con Israel, minando los esfuerzos por dotar a la Unión de una voz más coherente en el plano internacional. Grecia y Chipre ya cooperan estrechamente con Israel en la explotación de los yacimientos de gas del Mediterráneo oriental, y no son pocos los países europeos a los que les gustaría estrechar sus vínculos con la potente e innovadora economía israelí.

La falta de una política proactiva que tenga en cuenta la realidad de la región y los legítimos intereses de seguridad israelíes ha ido desplazando poco a poco a Europa como un actor creíble, en favor de EE UU y otras potencias. Pero la UE no tiene por qué seguir siendo un actor pasivo que se limita a aportar dinero, emitir comunicados y despreciar los planes que proponen otros. Europa aún goza de legitimidad en la región, y su papel como principal sostén económico de la Autoridad Palestina le aporta una enorme capacidad para influir en unos líderes palestinos que, hasta el momento, se han mostrado abiertamente hostiles a cualquier propuesta para hacer avanzar el proceso de paz.

Si de verdad nos preocupa a los europeos la precariedad en la que vive el pueblo palestino y queremos contribuir a un cambio que dignifique y mejore su calidad de vida, la pasividad o la reacción ante los avances que logran otros no puede ser la estrategia. Europa no puede seguir tratando con suavidad a las tiranías de Cuba e Irán, y ser feroz en sus críticas a la única democracia de Oriente Medio, al país cuyos valores e intereses más se parecen a los nuestros.