La herencia del totalitarismo cursi

Fiume fue el laboratorio en el que D´Annunzio puso por obra los métodos que poco después copiaría Mussolini

El 8 de septiembre se cumplieron cien años de la promulgación de la Carta del Carnaro, y no han sido pocas las reseñas y actividades que se han dedicado a recordar «la constitución más bella del mundo»; un piropo tan curioso como si el Museo del Prado presentara la Anunciación de Fra Angelico diciendo que se trata de la pintura más garantista que existe.

En su momento, el minúsculo estado que debía regir aquella constitución atrajo sobre sí las miradas del planeta entero. Fiume, un puerto del Adriático poblado en buena parte por italianos, y dominado anteriormente por el Imperio Austrohúngaro, había sido adjudicado tras la Primera Guerra Mundial al recién creado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos; de manera que Italia, aunque se encontraba entre los países vencedores, vio frustrada sus pretensiones sobre aquel territorio. Semejante fracaso levantó las voces indignadas de los nacionalistas, y, sobre todas ellas, una capaz de expresarse con un brillo inigualable: la del poeta Gabriele D´Annunzio. Ya cincuentón entonces, D´Annunzio era una verdadera primadonna de la cultura europea: no sólo por su obra literaria, sino también por su vida dandy; por sus escandalosos amores con mujeres como Eleonora Duse; y por una egomanía sin límites que podía traducirse a veces en actos de asombroso coraje. Así, por ejemplo, su famoso vuelo sobre Viena y otras histriónicas hazañas que le valieron una frenética popularidad y lo elevaron a la categoría de héroe nacional.

Con su verbo de profeta simbolista, D´Annunzio fustigó sin piedad el régimen liberal italiano, que consideraba una bochornosa expresión de la mediocridad y la corrupción. Una vez concluido el conflicto denunció a los líderes parlamentarios como artífices de la «victoria mutilada», y proclamó que Italia no estaría completa hasta que no lograse el dominio de Fiume. Por eso, cuando el movimiento nacionalista italiano en la ciudad croata le propuso ponerse al frente de aquella causa, D´Annunzio se presentó allá como comandante de unas fuerzas ridículamente escasas. Pero, contra todo pronóstico, su carisma venció todos los obstáculos: sus compatriotas del Ejército italiano, que habían debido detenerlo, se rindieron ante él, mientras las demás naciones aliadas quedaron neutralizadas y prefirieron no intervenir. De esa manera tan rocambolesca, el poeta-demagogo se hizo con un reino propio, y lo gobernó durante un año y pico hasta que se dieron las condiciones para que el gobierno italiano se decidiese a echarlo a cañonazos.

Como es bien conocido, Fiume fue el laboratorio en el que D´Annunzio puso por obra los métodos que poco después copiaría Mussolini para dar forma al régimen fascista. La violencia callejera; el uso de fuerzas paramilitares al servicio del líder; la parodia de la liturgia religiosa como fuente del culto patriótico; la propaganda y la constante presencia mediática le dieron a D´Annunzio las credenciales del primer Duce; aquel a quien Mussolini se referiría como el San Juan Bautista del fascismo.

Todo ello es bien sabido, como digo; pero en cambio se conoce bastante menos lo que ocurrió cuando, en un momento dado, la diplomacia del gobierno liberal italiano logró negociar una solución que satisfacía aceptablemente los reclamos del país sobre Fiume, con lo que la aventura de D´Annunzio se quedó sin argumentos. Por otra parte, el endiosado comandante había intentado doblegar a los otros poderes públicos de su microestado recurriendo a la manipulación plebiscitaria (D´Annunzio se dirigía a las masas desde el balcón del palacio de gobierno, como luego haría Mussolini), y, al resultar derrotado, había tirado por la calle de en medio estableciendo una dictadura. Entonces, buscando a toda costa retener el poder, il Vate dio un giro a la izquierda. Sin legitimidad, sin proyecto, incapaz de gestionar la economía (el régimen decidió mantenerse de la piratería, como un Estado forajido); rodeado, además, por una corte de brigadistas llegados de todo el mundo, y entre los cuales abundaban los prófugos de la justicia, los drogadictos y los excéntricos de toda laya, Fiume se convirtió en un verdadero precursor del 68 francés, mientras su gobierno creaba una Liga antiimperialista y se dejaba querer por los bolcheviques rusos.

En ese contexto nació la Carta del Carnaro, cuya redacción quedó a cargo de Alceste de Ambris, un sindicalista proveniente del socialismo revolucionario al que D´Annunzio había nombrado su jefe de gobierno. En ella se establecía el Estado corporativo, que luego tendría tanto predicamento en el régimen de Franco. Pero D´Annunzio transformó aquella redacción en un poema hermético, introduciendo artículos del tenor siguiente: «La dominación moral es la necesidad guerrera del nuevo Estado. La exaltación de las bellas ideas humanas surge de su voluntad de victoria».

En esos términos, la Carta del Carnaro podía reivindicar su derecho a ser considerada la «constitución más bella del mundo»…hasta que apareció en América Latina el socialismo «bolivariano», con sus «revoluciones del amor», sus cosmogonías indígenas (véase el Preámbulo de la constitución de Evo Morales, que comienza: «En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos…»). Y en España son obvias las afinidades de toda esa cursilería de arrestos totalitarios con el discurso de Podemos y con el nacionalismo catalán. Lástima, eso sí, que ni ellos ni los chavistas de allende el mar tengan al menos la capacidad de componer algo a la altura de «La pioggia nel pineto»…