Moción de censura

Descolonizarse

Ahora continúa la difícil etapa de alta montaña que supone llevar a un partido desde su peor resultado histórico -el de las elecciones de abril de 2019- hasta el poder

La política es la actividad en la que con mayor propiedad se puede asegurar que una imagen vale más que mil palabras. Cuando se crea un icono visual resulta muy difícil derribarlo.

La foto de Colón protagonizada por Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal no sirvió para fabricar una imagen más centrista de Abascal por su cercanía con Casado y Rivera. Sirvió para derechizar la imagen de Casado y de Rivera por su cercanía con Abascal. Si, en realidad, se habían derechizado era indiferente. El retrato político ya estaba hecho, y «descolonizarse», apartar de sí el cáliz de la foto de Colón, les iba a costar tiempo y trabajo, en el supuesto caso de que llegaran a conseguirlo. Era su foto de las Azores.

Año y medio le ha costado al líder del PP limpiarse el traje de ultraderechista que él ayudó a que le hicieran sus adversarios. Y para que se notara ha tenido que triturar en un debate parlamentario al líder de Vox, después de haber enviado –figuradamente– a Siberia a Cayetana Álvarez de Toledo.

Cuando Abascal presentó la moción de censura se pudo suponer que su objetivo era arrebatar a Casado el liderazgo de la oposición. Casado no ha necesitado ganar esa batalla, porque tal condición le corresponde. Pero sí corría el riesgo de perderla con una actuación que resultara tristemente memorable. En eso confiaba Abascal. Y en eso confiaba también el ticket Sánchez-Iglesias. Pero no ocurrió. Lo que sí puede haber obtenido Casado esta semana es el liderazgo real del PP, que no ha dejado de estar en cuestión desde el día en que ganó el congreso del partido. Ahora tiene la auctoritas, no solo la potestas. Y es así porque ha puesto distancia con la derecha trumpista. En ocasiones, para mandar de verdad no hay que matar al padre, sino al hermano.

Es cierto que Pablo Casado ha dicho de Santiago Abascal cosas muy parecidas a las que Pedro Sánchez dijo de Pablo Iglesias en la última campaña electoral, justo antes de nombrar al líder de Podemos vicepresidente del Gobierno. El «hasta aquí hemos llegado» de Casado a Abascal podría equivaler al «no podría dormir con Iglesias en el gobierno» de Sánchez. Pero no todos los episodios políticos se repiten de forma mimética. Veremos cómo continúa esta jugada y en qué deriva. Porque, sí, el PP ha roto con Vox. Pero ahora falta saber si Vox rompe con el PP en Andalucía, Murcia y Madrid, o si le hace la vida imposible. Cuando alguien se siente humillado, su reacción es imprevisible.

Otra incógnita es qué efecto tendrá esta ruptura en el electorado del centro derecha: si esta semana, con la moción de censura, se habrá iniciado el largo y tortuoso camino de la recomposición de ese sector del espectro político en un solo partido. Si se unificaran en una única lista los casi diez millones y medio de votos conseguidos por partidos de centro derecha hace un año, el reparto de escaños no sería el que es. ¿Volverán los votos de Vox a la casa común del centro derecha, que pretende ser el PP, o el resentimiento es tan profundo que no caben movimientos reunificadores? ¿Está el votante de Vox dispuesto a prescindir del iracundo discurso de Santiago Abascal, aunque ese estilo facilite un gobierno de la izquierda? ¿Cuánto de esto dependerá de que Donald Trump gane las elecciones el 3 de noviembre y relance el trumpismo internacional, o pierda y se diluyan sus efluvios?

Pero más allá de resolver esas incógnitas, Pablo Casado tiene por delante una tarea ciclópea. Superado el puerto de categoría especial que ha sido la moción de censura de Vox, ahora continúa la difícil etapa de alta montaña que supone llevar a un partido desde su peor resultado histórico –el de las elecciones de abril de 2019– hasta el poder.

En 2002, cuando José Luis Rodríguez Zapatero lideraba el PSOE en la oposición compartió un acto público con Felipe González. Estaban sentados el uno junto al otro, delante de un público expectante. González –en el papel de jarrón chino que se otorgó a sí mismo al abandonar el Palacio de La Moncloa y la secretaría general del PSOE– puso en un incómodo aprieto a Zapatero al dudar de la capacidad del nuevo líder del partido: «está por ver que en el PSOE hay un nuevo proyecto con contenido e ideas».

Esa misma incógnita se puede plantear ahora sobre Pablo Casado. Es fácil presentarse ante los españoles como la única opción antisánchez. Pero, ¿cuál es la idea? ¿Cuál es el contenido? Construir el nuevo proyecto del centro derecha español es la principal labor del líder del Partido Popular, mientras trata de sortear su pesadilla latente: los juicios por antiguos casos de corrupción, que no desaparecen por un buen discurso parlamentario.