El trifachito roto

El mensaje acusatorio de Vox no desagrada al PP porque viene a reconfirmar la ruptura formal

PlatónLa Razón

Después de las elecciones de hace un año, la investidura se concretó en los primeros días de enero. Pero la legislatura recién estrenada dio un vuelco completo cuando la pandemia se nos vino encima a principios de marzo. Siete meses después, la moción de censura de Vox no sirvió –nunca lo pretendió Santiago Abascal por razones aritméticas obvias–para proceder al desahucio de Pedro Sánchez de Moncloa, pero sí para dar un nuevo giro a la legislatura. Hasta ahora, la oposición la conformaban tres partidos dibujados por el Gobierno como el trifachito. El argumentario oficial situaba a PP, Vox y Ciudadanos en la misma esquina del ring: en la más extrema. Tres puntas del mismo tenedor.

El nuevo escenario empezó a conformarse cuando Pablo Casado decidió huir del imaginario creado en la Plaza de Colón –la famosa foto que le ha perseguido durante casi dos años– lanzándose a degüello contra Abascal en la moción de censura. En paralelo, Inés Arrimadas trataba de hacer olvidar que Albert Rivera también había estado en Colón, al aceptar las migajas que le pueda conceder Pedro Sánchez en la negociación de los presupuestos: asuntos de rango relativamente menor, como el diésel, que califican como «líneas naranjas». Pero esto no es más que dramaturgia política. Porque Sánchez dice que sube el gasoil, luego hace creer que cede en la negociación por hacer un ejercicio de transversalidad parlamentaria, para terminar por tener comiendo de su mano a partidos desde la extrema izquierda independentista, hasta la derecha más cercana. De paso aísla al PP. Y Ciudadanos asume esa calderilla y se suma a la lista de satélites del Gobierno de coalición. Y no en todos los casos se trata de una lista en la que resulte cómodo aparecer.

Arrimadas tiene la necesidad de que la legislatura sea larga. Pide tiempo para remendar el roto que sufre su partido desde las elecciones de noviembre de 2019, cuando Ciudadanos quedó reducido a su esqueleto. Intenta crear un perfil propio, identificable, para establecer distancias con el PP y, aún más, con Vox. Y el efecto inevitable de tal movimiento es que la lejanía de la derecha supone la cercanía a la izquierda.

La caída electoral del partido naranja, la inmediata dimisión de Albert Rivera y la llegada de Inés Arrimadas al liderazgo provocó una profunda reflexión interna a propósito de una pregunta casi existencial: ¿para qué sirve Ciudadanos? Y la respuesta que se dieron a sí mismos fue que querían ser un «partido útil». Pero establecida la definición procedía darle contenido. Y entonces surgió la segunda pregunta: ¿en qué consiste ser útil? ¿En oponerse al Gobierno o en acercarse al Gobierno? El análisis en Ciudadanos fue que la utilidad consistiría en moderar a los partidos que tenía en sus costados. Al PP podría moderarlo allí donde gobierna, sea en comunidades autónomas o ayuntamientos. Y en la política nacional, el ejercicio de moderación sería con el dueto PSOE-Podemos, aunque no siempre se trate de una labor llevadera.

La consecuencia ha sido que Ciudadanos acepta en la práctica que ya no podrá ser lo que un día quiso ser: el partido que diera el sorpasso al PP y lo sustituyera como referencia del centro derecha. Ahora asume que será un partido bisagra, dispuesto a pactar a derecha e izquierda. Una cosa muy europea. Pero no está tan claro que sea una cosa muy española, viendo los precedentes de UPyD o, mucho antes, del CDS.

Ciudadanos da vueltas en la órbita de Moncloa, tratando de que los españoles que les abandonaron hace un año encuentren algún motivo para volver. Pero, mientras, tienen que soportar humillaciones como que Pablo Echenique ponga por escrito que «les servimos (a Ciudadanos) un plato de presupuestos escrito por PSOE y Unidas Podemos (…) que se los van a comer con patatas».

El efecto de estos mejunjes políticos ya se ha sustanciado: eso que el lado izquierdo del Congreso llama trifachito está hoy troceado en tres estrategias fácilmente diferenciadas.

Vox nació en la cima del monte y no muestra intención alguna de bajar al valle. Se siente cómodamente asentado en el discurso áspero, tan del gusto de un sector no desdeñable de la derecha social. No aspira a gobernar. Eso es muy difícil. Se conforma con molestar. Ahí está su zona de confort. Acusa al PP de haberse domesticado –Vox llama a Casado «ministro de la oposición»; ingenioso–, e intenta aparecer como el campeón antigobierno.

Pero ese mensaje acusatorio de Vox no desagrada al PP porque, a pesar de no ser una apreciación especialmente amable, sí viene a reconfirmar la ruptura formal de Pablo Casado con la derecha trumpista española, y asienta a los populares en su pretendida imagen de partido de gobierno. Funcionará o no, pero ese es el camino que han elegido en Génova 13.