La galería de los antepasados planetarios

El próximo jueves, puntual desde hace 69 años, llega el nuevo Planeta a las librerías. A Eva García Sanz de Urturi le llevarán también una copia para que se la dedique a la «capilla pedroseña»

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La idea se instaló veloz en mi memoria. Me pareció tan oportuna que la anoté en la última página de la agenda a la espera del mejor momento para ejecutarla. Surgió al poco de recibir los primeros ejemplares impresos de mi premio Planeta, «El fuego invisible». Alguien de la Editorial me pidió que dedicara uno de ellos a la biblioteca de El Pedroso, un pueblo perdido en la Sierra Morena sevillana. «Es una tradición», me explicaron. «Desde hace años los ganadores del premio firman su obra para sus fondos». Y, a continuación, como para justificar tan inesperado ritual, me contaron que allí nació José Manuel Lara Hernández, el fundador de Planeta y el hombre que en 1952 instauró el galardón literario más popular de nuestras letras. «¿Y los premiados no visitan El Pedroso para ver el memorial del Premio?», indagué adivinando quizá una parada insólita en la inminente gira de promoción del libro. «No. Allí no va nadie».

Hace pocos días, casi al tiempo que conocíamos la novela ganadora de este año, me acerqué por fin a El Pedroso. Mientras tachaba de mi agenda de 2017 aquel propósito y sonreía por verlo cumplido, descubría un pueblo encantador, de casas blancas y calles adoquinadas con esmero, que en tiempos –me contaron– suministró buena parte del hierro con el que se levantó la torre Eiffel. Se trata de un lugar pequeño, levantado sobre un promontorio que domina campos de olivos y naranjos. Su propio nombre esconde algo primordial, atávico. La piedra es la base remota de nuestra civilización. Y allí, en ese paraje sembrado de rocas graníticas, en la nochevieja de 1914 nació en la casa del médico un niño que terminaría huyendo del Seminario Menor de Sevilla, se establecería en el Madrid de la posguerra con apenas 16 años, y compraría a los treinta una empresa ruinosa –la imprenta Tartessos– que transformaría primero en Editorial Lara y al poco, en Planeta. José Manuel hizo de todo antes de llegar a ese momento: desde vender galletas María puerta a puerta, a montar una academia de oposiciones con su mujer María Teresa. Los de El Pedroso siguieron sus andanzas entre admirados y desconfiados, pero cuando alguno se veía con el agua al cuello y tenía que dejar Andalucía para buscarse la vida en Barcelona o en Madrid, llamaban al hijo de don Fernando y éste les buscaba un empleo. Llegó así a levantar un imperio que, pronto, creció al amparo de una idea genial: el premio Planeta. En 1952 lo arrancó con una dotación de 40.000 pesetas. Hasta ese momento Lara no había publicado ninguna novela de autor español. En su catálogo solo figuraban nombres como como el de la premio Nobel Pearl S. Buck. Pero ese año la obra de un desconocido Juan José Mira, «En la noche no hay caminos», estrenó su lista de narradores en lengua castellana. En una España de escritores consumidos por la miseria de ediciones cortas y el birlibirloque de sus magros derechos de autor, aquello fue una revelación. Al año siguiente Santiago Lorén, un médico de Zaragoza, envió a su mujer a la sede de la Editorial para que averiguara si para ganarse aquel premio hacía falta alguna recomendación. «¡Señora!», se escandalizó Lara, «tenemos un jurado muy estricto». Pero Lorén ganó.

Comenzó así un rosario interminable de anécdotas, encuentros y algarabías que transformaron el Planeta en símbolo del éxito literario. Las 40.000 pesetas que se embolsó Mira se convirtieron en 100.000 con Lorén, brincando a la pequeña fortuna de un millón cien mil en 1967, veinte millones en 1988, o los cien millones (601.000 euros) de 2001. Y aún así lo que convirtió al premio en un tótem de nuestras letras no fue el dinero sino la capacidad de Lara y de sus herederos de darle relumbre cada año al nacimiento de una nueva ficción. Nadie en siete décadas ha sabido hacerlo como él. Consciente o inconscientemente, el hijo del médico levantó un arquetipo. Una suerte de grial solo alcanzable para un puñado de damas y caballeros dispuestos a transitar el solitario camino de la creación literaria hasta rozar la gloria en forma de trofeo de plata con un logotipo laureado y cruzado de paralelos geográficos que parece incitar a la conquista del mundo.

«¿Y en El Pedroso guardan de verdad todos los premios Planeta?», me aseguré al levantar la vista del ejemplar del mío, recién firmado. «Todos». La imaginación se me disparó. Imaginé una especie de santuario en el que se velaban las rúbricas de los merecedores de la distinción. Una suerte de castillo de Camelot que todo cruzado –o, quizá mejor, todo planetario– debería visitar tarde o temprano para rendir honores a quienes lo precedieron.

Y con esa idea en la cabeza descubrí… ¡que no estaba tan equivocado!

Bajo un pequeño museo dedicado a la historia de la escritura, José Manuel Lara Hernández pergeñó una biblioteca y una galería en la que admirar los volúmenes que han dado dimensión de símbolo a su premio. Allí están los de Matute, Vargas Llosa, Cela, Moix, Gala, Freire, Muñoz Molina, Eslava Galán, Regás… Quizá algunos ni se acuerden ya del premio, pero de un modo u otro a todos les transformó.

El próximo jueves, puntual desde hace 69 años, llega el nuevo Planeta a las librerías. A Eva García Sanz de Urturi le llevarán también una copia para que se la dedique a la «capilla pedroseña». Confío en que ella, que ha escrito como yo una novela ambientada en la era de los buscadores del grial, sienta también la necesidad de asomarse a la galería de sus antepasados. El escalofrío está asegurado y, quizá además, suponga el nacimiento de una nueva tradición. En El Pedroso se lo agradecerán.