Trump y la grandeza

Sí, Donald Trump hizo bien al bajar los impuestos a las empresas. Esa decisión ayudó a que la economía creciera con fuerza. Es la misma fuerza con la que crecía en el segundo mandato de Barack Obama, después de superar la crisis financiera que se inició en 2008. Sí, Trump ha ayudado a crear puestos de trabajo, con el índice de desempleo en el 3,5% antes de que empezara la pandemia (ahora está en el 6,9%). También Obama había creado empleo masivamente: cuando llegó al poder en 2008, el paro había alcanzado el 10%. El día que entregó la Casa Blanca a Trump, el desempleo se había reducido al 4,7%. Sí, Donald Trump hizo bien al plantar cara a la China del Partido Comunista de Xi Jimping. Alguien tenía que hacerlo, y lo hizo él. Lástima que no hiciera lo mismo con la Rusia de Vladimir Putin. Había deudas que pagar. Y, sí, Trump hizo bien en exigir a los países europeos que gasten más en su propia defensa y dejen de depender tanto del dinero americano. También lo había pedido Obama, aunque con un estilo educado, del que carece Trump.

Sí, incluso personajes tan impugnables como Trump pueden adoptar decisiones acertadas cuando gobiernan. En la historia del mundo se encontrarán ejemplos de dictadores que hicieron magníficas obras públicas y bajo cuyo mandato la economía creció. Pero eso no absuelve a un autócrata. Solo la democracia legitima a un gobernante. Y aceptar la derrota es la primera regla que debe cumplir un demócrata. Trump no lo es, porque para ser un gran hombre de Estado en democracia hay que tener grandeza.

Su voluntad de fracturar la sociedad a la que ha gobernado durante cuatro años convirtió las elecciones del pasado 3 de noviembre en un referéndum sobre Trump. Apurando la reflexión, los americanos no decidían quién iba a ser su presidente, sino quién no querían que fuera su presidente. No fue así en 2008, cuando Estados Unidos tuvo la oportunidad de elegir entre dos estadistas, moderados, educados y patriotas: Barack Obama y John McCain. Una de las grandes aficiones de Trump en estos años ha sido insultar a ambos. A McCain, incluso, cuando murió. Ahora, el trumpismo –el americano y el internacional– dispara contra todo y contra todos. Acusa a los medios de proclamar la victoria de Biden, cuando fueron esos medios los que proclamaron la victoria de Trump en 2016, con el mismo método de análisis: recoger los resultados oficiales del escrutinio y hacer una proyección estadística en la que, curiosamente, han coincidido expertos de todas las tendencias.

Y habla de un fraude masivo. Resulta conmovedor que alguien tan poderoso como el presidente de la primera potencia mundial lleve meses diciendo que su propio proceso electoral es un fraude… en el caso de que pierda. En las elecciones del año 2000 hubo una batalla judicial entre George Bush y Al Gore, pero circunscrita al estado de Florida. ¿Va Trump a pleitear por Pensilvania, Nevada, Arizona, Georgia, Michigan y Wisconsin? ¿Ha habido millones de votos fraudulentos en hasta seis estados?