Efecto boomerang

Pablo Iglesias se presentaba como el salvador de la democracia y el restaurador de los derechos y se ha dado cuenta, tarde, de que las palabras no se las lleva el viento

Pablo Iglesias
Pablo IglesiasCristina BejaranoLa Razón

Dicen desde Podemos que el vicepresidente está callado porque no tiene competencias para paliar la crisis económica, el efecto de Filomena ni las consecuencias de la Covid. Y es que, por lo visto, garantizar las comunicaciones, el abastecimiento de alimentos, el suministro eléctrico, el funcionamiento de albergues, de hospitales, no son temas sociales, sino aritméticos o menores, vamos sin importancia. Lo importante es el acoso y derribo a la Monarquía.

Pablo Iglesias está bajo el efecto boomerang de sus hechos y palabras. Se presentaba como el salvador de la democracia y el restaurador de los derechos y se ha dado cuenta, tarde, de que las palabras no se las lleva el viento, que «el verba volant, scripta manent» de Cayo Tito al Senado romano fue dicho años luz de la revolución tecnológica y que tal vez hubiera de haber tenido presente aquello de: «Cuidado con lo que dices, dónde lo dices y a quién se lo dices».

Si hay un líder político que no se calla ni debajo del agua, ese es Pablo Iglesias y esta actitud silente, sin protagonismos, ni auto condecoración de medallas a la que nos tiene acostumbrados, le tiene que estar provocando una ansiedad de tal magnitud que no hay serie o película que no haya devorado e incluso es capaz de enumerar los próximos estrenos que tendrán lugar en las plataformas digitales.

Pero aunque amenace con la Monarquía o con la intromisión en el Poder Judicial, y ya que se olvidó del «ojo, cuidado con lo que dices», debería de tener presente la frase de Pérez Galdós: «El predicador que no practica lo que dice, no es predicador, sino un púlpito que habla». Para rehabilitarse, tal vez debería recusarse a sí mismo en el Parlamento porque el efecto boomerang también puede tener consecuencias electorales.