En defensa de la libertad

Es cosa que espanta, advirtió en su día Azaña, la incultura del vulgo político español

FOTO: FERNANDO VILLAR EFE

La libertad, escribió Francisco Ayala, no es una fruta al alcance de todas las manos. Desde luego no parece que esté al alcance del pobre Echenique ni del rapero Hasel (el acento en la e sobra), ni del ideólogo Monedero, ni, por supuesto, del cabecilla de la trama y todavía vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias. Todos ellos han sido educados en el pensamiento totalitario, un territorio donde rige el miedo y la mordaza. Confunden la libertad de expresión con el insulto y el odio, y la democracia, con el alboroto. Creen que la calle es suya, y el discrepante, un fascista. Se proponen, como objetivo primero, el control de la Justicia y los medios de comunicación. Embaucan a jóvenes resentidos de buena familia y a los descerebrados que nunca faltan. Se agarran literalmente a su caudillo Lenin: «La libertad es un bien tan precioso que hay que racionarlo». Es cosa que espanta, advirtió en su día Azaña, la incultura del vulgo político español. Basta asomarse a los pasillos del Congreso donde cunde la majadería. Y basta ver las letras del rapero y las propuestas de los podemitas.

El principal argumento que se aducía para mantener la actual coalición de gobierno era que así, con UP dentro, se contenía la calle. La otra razón era que servía de enlace con las fuerzas nacionalistas de la periferia para sostener a la izquierda en el poder. Los dos argumentos están perdiendo fuerza. Hoy Iglesias, después de las elecciones catalanas, no garantiza el apoyo de ERC a Pedro Sánchez y está agitando la calle, aprovechando lo del rapero, ese pobre diablo, ese saco de odio y vulgaridad. Cada día que pasa Podemos ejerce con más estridencia el papel de gobernante y de agitador antigubernamental. Por si faltaba algo, sus acusaciones a periodistas y sus propuestas –libertad de expresión para los suyos y mordaza para los demás– están incendiando la Prensa, irritando a los ministros socialistas e impidiendo el diálogo institucional con el principal partido de la Oposición. Es lógico que en La Moncloa sopesen si les trae cuenta seguir así. Corren el riesgo de arrastrar al PSOE a la pérdida de su identidad. Con la libertad no se juega. Parece mentira, pero no queda más remedio que volver a salir en su defensa, como hace cuarenta años. Entre otras razones porque allí donde se niegue la libertad de expresión no habrá paz.