Historia

El siglo fugaz

Suceden las cosas con tal prisa que la realidad limita con el aviso de que algo va a venir, venga luego o no

FOTO: Zipi EFE

La tendencia a calificar el pasado y hasta el presente ha sido una tentación repetida para cronistas, historiadores, literatos y hasta compositores de tangos. Aunque, no siempre se refieran a periodos estrictamente delimitados. Se dice de épocas oscuras; tiempos mejores; edades de plata; décadas ominosas o prodigiosas; sexenios revolucionarios; trienios liberales; bienios negros; años locos, difíciles, … etc. Pero, acaso la estimación más significativa sea la dedicada a algún que otro siglo. Hablamos del siglo de los Descubrimientos; del de Oro; de la decadencia; de las Luces; del Progreso, … o sea, el XV, el XVI, XVII, XVIII y XIX, respectivamente. El XX, de duración variable según distintas consideraciones, al margen de la simple cronología; y de su significado o su aportación para la historia de la Humanidad supone un caso especial. Tal vez porque en la centuria del Novecientos no acababa de encajar, de forma homogénea o armónica, la coexistencia de sus diversos tiempos.

Sin embargo, transcurrido un tercio del mismo, ya fue calificado con demoledora certeza. En 1934, Discépolo escribía su epitafio adelantado, Cambalache. Un canto desde la desilusión, una queja envuelta en pesimismo por la pérdida de referencias, muestra de la desorientación, individual y colectiva, ante un mundo de valores desaparecidos, demasiado confusos y un panorama marcado por la desconfianza. «Todo es igual, nada es mejor», predicaba el autor de Yira, Yira; Cafetín de Buenos Aires y tantos otros suspiros hechos música, sobre la mezcla de aquella especie de trastos usados, desorden y ruido, cubiertos de inmoralidad. Faltaba mucho para que apareciera el tercer milenio, pero las cosas no fueron a mejor sino a peor en muchos sentidos; un discurrir jalonado por episodios de atrición obligada, dentro de su trayectoria irregular donde, solo de modo ocasional, tomaba plaza la ilusión ante el avance económico y el bienestar material.

¿Tiene algún sentido traer hoy a colación esa forma de incorporar el paisaje del ayer? Seguramente sí, porque no deja de ser una pincelada histórica con los trazos más relevantes, especie de caricatura que hace reconocible una sociedad en su contexto, para acabar siendo su seña de identidad. Una especie de manto que cubre no pocos aspectos de la realidad más compleja, pero cuya decoración representa la imagen de un tiempo y sus gentes. Así llegó el XXI que, al comienzo de su tercera década, ofrece ya suficientes elementos para avanzar su calificación: el siglo fugaz. Parece un atrevimiento, una boutade pero, aunque solo fuese por la inercia del presente, el futuro se adivina en clave de lo efímero, de lo huidizo, de lo que resbala con aceleración creciente sin saber bien hacía dónde. Si el XX estaba atrapado entre la agitación superficial y el fatalismo inmovilista del fue y será, inalterable de fondo; el XXI ha roto o está a punto de romper cualquier freno, a pesar de la llamada a la reflexión que exige la pandemia actual.

La velocidad a la que viajamos nos traslada dentro de un tubo sin más vistas que un panel, al frente, decorado con mascarillas, anuncios de vacunas y una gráfica lineal de doble trayectoria, descendente hasta la frontera sur del cuadro, que corresponde a la evolución de la economía y no sabemos, con certeza, hasta dónde llegaría si tuviera más espacio para continuar su trazado. Esta línea se cruza con otra de sentido ascendente, la del paro, que sigue hasta el extremo norte, sin doblegar. A los lados nada, solo el ruido estridente de la bronca política, amenizado a veces con voces campanudas que entonan solemnes promesas, tan poco fiables como los chismes de los viejos puestos de «todo a cien». A ratos se oye ¿»pactar con fulano y su panda»? ¡jamás! Claro que hay que medir lo que significa «jamás», pues en el siglo XIX duraba dos años. Recuerden aquello de «los Borbones, jamás, jamás, jamás» que se mantuvo seis años; así que, ahora en el siglo XXI, «jamás» equivale a dos segundos. Proclama obligada, a pesar de todo, de cualquier aspirante que se precie, aunque un momento antes hubiera declarado su disposición a negociar con todo el mundo. Lo dicen con parecido convencimiento al del niño que, cuando se enfadaba con otro, juraba solemnemente «ya no te ajunto». Se atreven, incluso a hablar de acuerdos programáticos, cuando se tiene noticia de que nadie o casi nadie lea ningún programa.

Podríamos pensar ¡qué estresante debe ser ese tipo de viaje! No lo crean. La metafísica de la física, convertida en ideología simple parece diluir los problemas. Para distraer al personal, en esta Tebas en que se ha convertido la política española, el sabio Cana, jefe de todos los «sacerdotes», o de casi todos, ha provocado un tsunami en su afán de hacer mangas y capirotes por doquier, cuyos resultados veremos en directo, en fase autonómica, aquí donde se asienta la Corte y sus aledaños. Vamos camino de que las cosas pasen antes de pasar. Todo fluye tan rápido que ya no se necesita ser presidente para dejar de serlo. En estos días basta con ser vicepresidente. Incluso con anunciarse como candidato sobra para perecer en el intento, no ya en horas veinticuatro, sino en mucho menos. Suceden las cosas con tal prisa que la realidad limita con el aviso de que algo va a venir, venga luego o no.