Calles

Gritar con ira que la calle es tuya no te convierte en su dueño

Rodrigo Jiménez

He visto calles preciosas a lo largo del mundo, aunque pocas me llenaron el corazón como estas de aquí. Las mías. Lugares donde bañarse en placeres y gozar de los bienes presentes, como dice el Eclesiastés. Rincones de belleza pura. En otros países casi no hablan de calles, sino de barrios. Porque no es lo mismo. En España, cada calle tiene personalidad propia, se distingue de sus vecinas por su color, su arquitectura, por la magia vividora de quienes la habitan… Las calles españolas siempre han sido territorio disputado. Representan el espacio público, y la codicia sobre sus empedrados, portales, rejas y aceras, parterres y balcones, no se disimula. Quien tuviese la propiedad de las calles poseería la voz de la ciudad y del pueblo, rico o pobre. Por eso muchos políticos quieren adueñarse de las calles. «Son nuestras», es una falaz contraseña que podrían proclamar líderes borrokas, pelotaris colectivistas de juveniles ladrillazos, los jardineros del Ayuntamiento... Pero gritar con ira que la calle es tuya no te convierte en su dueño. Hay que oponerse al envite de quienes desean expropiar, privatizar nuestras calles. Algunos dicen atesorar el título de propiedad de esas calles, pero no las cuidan. Juran que las aman, pero las maltratan en toda ocasión, transformándolas en campos de batalla y escenarios de polvo, humo y violencia. Levantando adoquines, destrozando mobiliario urbano, defecando en ellas. Lo que se ama se respeta. Lo que se posee, se cuida. Quienes arman gresca en las calles, cuya exclusividad se arrogan, son los que siempre terminan destruyéndolas. Por supuesto, solo son milicias huelefarolas de sus amos: van a repartir leña a nuestras calles guiados por gurús que mantienen sus carnosidades postreras bien calientes mientras siguen la camorra ideológica vía «streaming», para que no les salpique ni una pizca de barro, ni una gota de sangre. Pues no. Las calles no son suyas, rompan lo que rompan (incluidas cabezas inocentes). Ni aunque se disfracen de tortugas ninja del ISIS y chillen obscenidades de patio de colegio de curas. Porque, además, todos sabemos que la tierra solo pertenece al viento. Y etcétera.