De catafalco y oro

Si a uno le arrancaran la cabeza, Sánchez vería en la decapitación una conveniencia para que le creciera otra en la que fuera más guapo o más listo.

Dice Sánchez, siempre tan ilusionado, que estamos ante una de esas cosas que te pasan «dos veces en la vida»
Dice Sánchez, siempre tan ilusionado, que estamos ante una de esas cosas que te pasan «dos veces en la vida» FOTO: EUROPA PRESS/E. Parra. POOL

Era martes y trece con catorce decimales cuando se apareció Pedro Sánchez sobre las aguas de esta calamidad. Traía un plan de reformas para España gracias a la pasta de Europa. Dice Sánchez, siempre tan ilusionado, que estamos ante una de esas cosas que te pasan «dos veces en la vida». Todo el mundo, cuando le sucede algo extraordinario, lo define como la típica cosa que pasa una vez en la vida, pero a Sánchez le pasa dos. No alcanzo a entender por qué dos y no tres, cuatro o cinco y me pregunto a partir de cuántas veces los sucesos más improbables forman parte de la rutina del paisaje.

Su Pedridad sostiene que los dineros de Europa –que devolverán los nietos de nuestros nietos–, son una oportunidad. Si a uno le arrancaran la cabeza, Sánchez vería en la decapitación una conveniencia para que le creciera otra en la que fuera más guapo o más listo. El sanchismo, inquietante esperanza, es el ejercicio de un optimismo desaforado, una alegría piramidal que consiste en presentar como fortalezas las mayores desgracias que nos asolan. Saldremos tan transformados de esta crisis –¿qué crisis?–, tan poderosos, tan recuperados y tan resilientes que duda uno de si nos habrá venido bien este desastre. Escucho un eco como de «coaching» en la que todo resulta ser una oportunidad para encontrar una vida mejor. Si a uno le deja la mujer y lo echan del trabajo, lo intentan convencer de que es más feliz que antes, pues aprecia ahora mucho más la vida. Le venden que ha sido una suerte que le hayan sucedido los peores infortunios. Si para entender lo que es importante en la vida hay que perderlo todo, igual prefiere uno no entender nada.

En la imagen, el presidente del Gobierno saluda al tendido de mi Españita de catafalco y oro. Cuando están desbordados por el toro, algunos toreros hacen como que sonríen para que no se noten sus apuros y en la cara se les dibuja la sonrisa de la canina. Otros se adornan mucho después de los más infames espadazos. Hay algo honorable en vencer la adversidad; otra cosa muy distinta es ignorarla, camuflarla y en general esconderla bajo la alfombra. Sobre la mueca de la tristeza de este país han pintando una sonrisa tan forzada que ahora parecemos un clown en la gran carpa del sin vivir, el sin vacunar y este llorar riendo que ya no curan ni mil quinientos días de crucero por las islas griegas.

En la campaña a las madrileñas, Moncloa se midió con Ayuso de tú a tú pues confiaba en fulminarla con su rayo electoral que no le cesa –o baraka pédrica– y rentabilizar la inyección de los miles de millones y la inmunidad galopante. Si le saliera bien, al menos estaríamos pronto ricos e inmunizados, pero con los planes de recuperación de Moncloa pasa como con los niños cuando corren: a cada momento parece que se van a caer. Si dice el Gobierno que mañana el sol saldrá por el Este, pienso que ya veremos. Mientras enumeraba los millones de inmunizados a mayor gloria del Gobierno héroe, Janssen paraba la distribución de la vacuna que tenía que llegar este miércoles. Que te arrase una pandemia y que, cuando encuentran una vacuna que puede salvar el mundo, paralicen su distribución, es una cosa que a la gente le puede pasar una vez en la vida; a Sánchez, dos.

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