Iglesias y Don Draper

«Los malos augurios demoscópicos empujan a la candidatura sin candidato»

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En el comienzo de cada capítulo de Mad Men la silueta de un hombre va cayendo al vacío desde un rascacielos. Cae, cae, cae... y termina sentado en un sofá, tranquilamente, fumando, como por arte de magia. O, mejor, por arte de publicidad. La serie, esa disección sociológica del Nueva York de los años 60, nos sumerge en los entresijos de una agencia publicitaria a través de su estrella: Don Draper. Un director creativo, al que no falta ninguno de los tics machistas y descreídos de la época, con un talento innato para convencer a cualquiera de que lo que necesita es, exactamente, lo que él le va a vender. Estados Unidos, y por extensión el mundo, cambiaba en aquella década: un país que se hacía otro, en el que las técnicas de publicidad y marketing, en pleno auge, se consolidaban y extendían a todos los ámbitos. La noche del 26 de septiembre de 1960, con el primer cara a cara entre Nixon y Kennedy, nació otra televisión y otra política. Ya forma parte de la historia la derrota del primero (sin maquillaje y con un anodino traje gris) frente al segundo (que hasta tomó el sol para la ocasión), y aquel debate marcó el punto de inflexión para catapultar el peso de la imagen de los políticos en el veredicto que dan los ciudadanos en las urnas. En España, primero con timidez y después con fruición, nos lanzamos a exprimir las técnicas publicitarias en nuestra eterna-interminable-permanente campaña. Ahora, con los banderines electorales ondeando como guirnaldas primaverales en las calles de Madrid, nos apresuramos a escrutar las claves del 4-M. Y, sin duda, una de las más llamativas es la desaparición de Pablo Iglesias de los carteles de su partido (el único de los aspirantes a Sol que se oculta). Una ausencia que viene a resumir el paso por la política de quien comenzó imprimiendo su cara hasta en las papeletas de las europeas de 2014: de hiperlíder a infralíder. Los malos augurios demoscópicos empujan a esta deliberada estrategia de candidatura sin candidato, a esta extraña forma de publicidad: la no publicidad. Esconder a Iglesias en un intento de frenar la anunciada caída libre, como aquella del inicio de Mad Men. Aunque, quizá, los trucos a lo Don Draper no sean suficientes para evitarla.